Dos reflexiones sobre la prensa económica y la prensa digital

El quiosco digital

No se sabe seguro si es la mejor estrategia o simplemente algo inevitable. Pero cobrar al lector lleva traza de hacerse la tendencia dominante en la prensa digital. En el último año, la práctica, con diversas variantes, se ha extendido en Occidente, donde el descenso de publicidad y ventas de los periódicos impresos han forzado a intentar algo para hacer rentables las ediciones digitales.

A decir verdad, la prensa crece en la mayor parte del mundo, como muestra el reciente informe anual de la World Association of Newspapers (WAN). Concretamente, la difusión ha subido un 7% en Asia y el Pacífico, y un 2% Latinoamérica. Las pérdidas se concentran en Norteamérica y Europa, y ahí es donde es mayor la tendencia a pasar al pago en los periódicos digitales.

Esto no significa que en los mercados maduros de Occidente la prensa pierda audiencia. Al contrario, pues el aumento de la difusión en Internet compensa de sobra el descenso del papel. El resultado, sin embargo, no es tan halagüeño: hay más lectores pero menos compradores.

No pasa nada si la publicidad rellena el agujero, pero no es así. El aumento de los anuncios digitales no compensa el descenso en los de papel.

Por eso Larry Kilman, de la WAN, describe así la tesitura actual de la prensa en Occidente: “Si se tienen en cuenta todos los soportes, la audiencia es más grande que nunca. No es un problema de audiencia: es un problema de ingresos”.

El mal precedente

Al echar la mirada atrás, parece un error que la prensa en Internet empezara siendo totalmente gratis: ha venido a ser un mal precedente. Pero al principio, hace quince años, las webs de los periódicos eran bastante elementales y las conexiones, lentas, y no había buenos medios de pago y de control de visitas. Después, cuando se ha querido cobrar, ha resultado difícil hallar buenas fórmulas.

De ello son indicio los titubeos. The New York Times (el diario más leído del mundo en Internet) empezó siendo gratis, luego puso de pago una parte de los artículos, al cabo de dos años (2007) abandonó el sistema, y desde hace unos meses vuelve a cobrar, aunque de otra forma: la misma, por cierto, adoptada ahora por The Economist, que antes vedaba artículos selectos a los no suscriptores. También El País (Madrid) fue, en parte, de pago durante tres años (2002-2005). (Aceprensa experimentó durante un año los pases de 24 o 72 horas, pero finalmente solo ofrece la suscripción anual y una selección de contenidos en abierto.)

Las suscripciones solo han funcionado bien en periódicos especializados, como los económicos (The Wall Street Journal es el caso prototípico), porque tienen lectores que los necesitan para su trabajo.

Haciendo de la imposibilidad teoría, se fue imponiendo la idea de que la publicidad financiaría la prensa en Internet; por tanto, había que buscar la máxima audiencia posible, y para eso, ser gratuitos. Pero la publicidad no ha resultado suficiente, y en la crisis económica las ediciones impresas no pueden subvencionar las digitales.

La fórmula de moda

Ahora, a la necesidad se une la existencia de mejores sistemas informáticos de cobro y la invención de nuevas fórmulas de pago. La “de moda” es el cupo de artículos gratuitos (metered paywall), adoptada por The New York Times y The Economist.

En el caso del Times, un lector puede leer libremente 20 artículos cualesquiera por mes antes de que se alce la barrera y tenga que pagar por los siguientes. La ventaja de este sistema es que da bastante margen al lector ocasional y solo cobra al habitual, que muestra tener mayor interés y por tanto más probablemente estará dispuesto a pagar. A la vez, el cupo gratuito facilita que el ocasional se aficione al periódico y se convierta en habitual.

La idea parece bien fundada. Según un estudio realizado el año pasado en Estados Unidos por Pew Research Center, la audiencia de las webs de periódicos se compone de un pequeño núcleo de lectores fieles y una gran mayoría de esporádicos. A lo largo de un mes, casi dos tercios de los visitantes ven el sitio una sola vez, y un poco más de la cuarta parte, de 2 a 6 veces. El dato interesante es que la menor parte (3%) no son los más asiduos, sino los que entran de 7 a 9 veces; los que hacen por lo menos 10 visitas son más del doble, el 6,5%. En principio, pues, este sistema puede traer un número suficiente de suscriptores sin que baje la audiencia total, de la que dependen en gran parte el volumen y el precio de la publicidad que consigue el medio.

El segundo modo de prensa de pago que se está extendiendo es la venta de acceso mediante aplicaciones para dispositivos manuales (teléfono, tableta, e-reader), que mejoran notablemente el uso con respecto a las versiones de las web adaptadas a móviles. La aparición del iPad el año pasado provocó una rápida proliferación, extendida al iPhone y otros aparatos. Tales programas suponen una inversión y dan un plus que justifica el pago a los ojos del usuario. Por ejemplo, la nueva suscripción digital a The New York Times cuesta 15, 20 o 35 dólares al mes, según uno quiera leer el diario, además de en ordenador, mediante una aplicación para teléfono móvil, con otra para tableta o en los tres tipos de dispositivo.

Las aplicaciones han reforzado la tendencia a cobrar, pues si los periódicos venden el acceso por medio de ellas, no es del todo lógico que den gratis en la web los mismos contenidos. Más aún porque las aplicaciones para los aparatos manuales más populares, el iPhone y el iPad, se tienen que instalar desde la tienda de Apple, que no presta el servicio gratis.

Google deja más libertad y se lleva menor comisión en sus Chrome Store (aplicaciones y complementos para el navegador Google Chrome) y Android Market (para teléfonos móviles con Android, el sistema operativo inventado por Google). Y como Android ya es la plataforma más instalada en teléfonos nuevos, el dominio de Apple se está mitigando. Pero en el mercado de tabletas, nadie hace sombra todavía al iPad.

Quioscos digitales

Estas tiendas suponen separar la web del periódico y el punto de venta, idea que aplican también los quioscos digitales. Este sistema, que también se va extendiendo últimamente, permite comprar el acceso a distintas publicaciones en el mismo lugar. Así son Press+ (Estados Unidos), Piano Media (Eslovaquia), Orbyt (España), promovido por el diario El Mundo, y su nuevo competidor Kiosko y Más (ABC, El País). No faltan los dos de siempre, Apple y Google.

La ventaja de los quioscos para los lectores es que tienen una amplia oferta de publicaciones en un mismo lugar y pueden suscribirse a las que quieran sin necesidad de comunicar sus datos más que una vez. Esto es bueno para los periódicos en la medida en que facilita las ventas, pero también les supone renunciar a parte de los ingresos y a la relación directa con los lectores. Sobre todo si se apuntan con Apple, que cobra comisión del 30% y no comparte los datos de sus clientes con los editores. Pero ¿quién más tiene los datos de 300 millones largos de tarjetas de crédito voluntariamente entregados por los titulares? De todas formas, pocos periódicos grandes han aceptado la oferta de Apple, y uno que se había sumado, el Financial Times, fue expulsado de App Store en agosto pasado por pretender esquivar el peaje con una aplicación que cobraba directamente al suscriptor. Apple incluso no admite que si un periódico vende una aplicación en App Store, la dé gratis a los suscriptores de la edición impresa.

Google no pide tanto: se queda el 10%, deja libertad a los periódicos para fijar el precio y las condiciones, y comparte con ellos los datos de los lectores. Habrá que esperar para ver si One Pass tiene un éxito comparable a la tienda de Apple.

Resultados

El caso es que ahora hay mucha más prensa de pago. En Estados Unidos, la tendencia es más fuerte en los periódicos locales y regionales, que tienen menos competencia. Algunos se han atrevido hasta a cobrar por la edición digital a los suscriptores de la impresa. Pero ¿cómo responde el público?

En julio de 2010, The Times aplicó la fórmula más radical: no dar nada gratis. Desde entonces ha ido sumando suscriptores digitales, cada vez a menor ritmo. Los primeros 50.000 llegaron en tres meses, y los 50.000 siguientes tardaron ocho. El 30 de septiembre pasado contaba 111.000 (tarifa: 13 euros al mes), y en ese mes había vendido además 1,4 millones de pases de 24 horas (1,50 euros).

Por su parte, el New York Times ha obtenido 324.000 suscriptores hasta el 30 de septiembre con su nuevo sistema, inaugurado a finales de marzo. Es un buen número, pero no ha pasado bastante tiempo para comprobar la tasa de renovación. Además, otros 800.000 suscriptores en papel han activado su acceso sin costo adicional a la edición digital. De momento, el balance de suscripciones a 30 de septiembre ha coincidido con el retorno de la empresa a los beneficios en el tercer trimestre de 2010.

No hay muchos más datos por ahora, pero la experiencia es que empezar a cobrar no es una catástrofe. Las visitas bajan, pero hasta un nivel tolerable, y no necesariamente para nunca más subir. Otra experiencia es que no suelen ser muchos, generalmente menos de la mitad, los suscriptores en papel que se registran para acceder a la edición digital completa, aunque en casi todos los casos no cuesta ni un céntimo más. Esto parece indicar una separación entre dos modos de leer la prensa y dos tipos de lectores habituales, con un público relativamente pequeño que pertenece a ambos. En tal caso, los periódicos quizá tienen que prepararse para un fuerte aumento de lectores solo digitales y un continuado descenso del papel.

Para saber más

Análisis de The Economist sobre la prensa digital de pago.
Los titubeos del New York Times y su nueva fórmula.
Suscripciones por aplicaciones y quioscos digitales: los dilemas que plantean a la prensa, y cómo responden los periódicos a las exigencias de Apple.
Difusión de las fórmulas de pago y primeros resultados de los periódicos que las adoptan.

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Por dónde cojea la prensa económica de España

Creo que fue en 1990. Yo estaba de paso por Londres y le pedí a un colega español que tenía un despacho en la sede de Financial Times, que por favor me hiciera una visita guiada al templo del periodismo financiero.

Fue mejor que ir a Disneylandia.
Lo que más me llamó la atención fue el silencio. Eso no tenía nada que ver con mi periódico. Acostumbrado a los gritos de “¡a ver esa página!” o también “¡cierra de una vez, carajo!”, acostumbrado a los boletines de Radio Nacional que se vociferaban por los altavoces de algunos aparatos, y habituado a ese ambiente de colosal camaradería lingüística de la prensa española, pues aquello me pareció, no sé cómo decirlo, me pareció anormal.
Muy inglés, claro.
Allí la gente no hablaba sino que susurraba, bisbiseaba, sugería. Había unos aparatos de televisión pegados casi al techo cada cinco metros, pero no se podía escuchar el sonido salvo que uno insertase un auricular en un enchufe de su mesa.
¿Radio? Creo que ni la escuchaban.
Otra de las cosas que me sorprendió es que parecía la Casa del Pensionista de cualquier ciudad española. Estaba lleno de viejecitos y viejecitas entrañables. Los hombres que tenían pelo, ya estaban canosos. Había mujeres tan mayores que estuve a punto de invitarlas a un pub a que me contaran su laaaaaarga historia.
Algunos ya habrían entrado en la última parte de su vida pero ahí estaban dando guerra. Esto me hizo pensar: ¿por qué los periodistas económicos españoles parecemos una comuna de pitufos?
Por ejemplo, cuando había una rueda de prensa internacional en, digamos París, organizada por una compañía como Airbus, nos sentábamos todos los periodistas de muchas naciones a lo largo de la sala de prensa. Uno veía a maduros ingleses, a veteranos alemanes, a curtidos holandeses… Y luego, una mesa de divertidos alborotadores españoles de menos de 35 años. A veces de 25 añitos. Unos pitufos.
En cualquier profesión, ser un veterano supone acumular mucho conocimiento en la cabeza. Si se juntan un montón de esos profesionales en un medio de comunicación, el resultado es un medio maduro, con capacidad de análisis, y con temas de fondo.
Pero la prensa económica española siempre estaba llena de pitufos. ¿Adónde iban los veteranos? ¿Eran asesinados por sus periódicos para ser convertidos en hamburguesas o en soylent green?
Lo que sucedía es que, llegada cierta edad, los periodistas abandonaban sus medios. ¿Las causas? La primera, que les pagaban mejor en una agencia de comunicación o en el departamento de comunicación de cualquier empresa. La segunda, que ese periodista se veía con 40 años saliendo a las once de la noche todos los días por la pésima organización del trabajo de los medios. Al menos esa era mi deducción.
Lo cual ha originado un grave problema a nuestros medios económicos: no son profundos, no saben lo que es un análisis (algunos piensan que es la hermana menor de la diálisis), no saben hacer preguntas de fondo en las ruedas de prensa, y son, por eso, previsibles.Cuando pasa un acontecimiento importante, como sucedió con la reciente turbulencia de los mercados, yo puedo cerrar los ojos e imaginar los titulares de día, siguiente, los temas, los apoyos y los enfoques. Y en la inmensa mayoría de los casos, lo juro por Scarlata O’Hara, no me parecen novedosos. Todo muy previsible. De carril. Por ejemplo, en el caso de las turbulencias financieras, la prensa económica estaba más interesada en ver el preludio de un hundimiento total, que de exponer un sinsentido: ¿desde cuándo España es un país poco fiable? Al final, tuvo que ser Financial Times quien sugiriera que algunos fondos de inversión estaban apostando contra España y contra el euro. Es decir, nuestra prensa económica perdió los papeles. Sólo había que ver los titulares de estos días para comprobarlo.
Voy a seguir con mi visita a Financial Times.
Iba yo con mi amigo por los pasillos de aquel santuario del saber, cuando nos detuvimos a la altura de un grupo de tres personas que charlaban en voz baja. ¿Sabes quiénes son esos? Les volví a mirar y solo distinguí a tres hombres de unos 40 a 55 años. Uno hablaba y otros asentían o movían la cabeza. Pues no, no sé quiénes son, dije.
“Son los de la Lex Column”.
Oh, ah, uhm. ¡Los chicos de la Lex Column!
Los chicos de la Lex Column deben ser los periodistas mejor pagados del mundo en función de las letras que escriben. Cada día, en la última parte del primer cuerpo del FT, aparecen publicados unos comentarios económicos en un recuadro llamado así: Lex Column. Es como la columna de la ley, la opinión aquilatada, el oráculo financiero. Las empresas españolas se mueren de placer cuando visitan el FT y contactan con la Lex Column. Y si logran convencerles de que su empresa es estupenda, y si encima, eso sale publicado, la agencia de relaciones públicas que haya organizado la visita tiene el presupuesto del año asegurado.
Hasta al gobierno español se le hace el culo casera por visitar a la Lex Column del FT. Los hemos visto esta semana.
Estos tres hombres (no sé si hay más, si se turnan o si hay hoy alguna mujer) hacen lo siguiente: se pasan el día debatiendo los asuntos más importantes y luego los redactan. Ya saben que en los colegios británicos existe la costumbre de atizar la “discussion”, es decir, de debatir los temas del momento. Los alumnos se preparan desde jovencitos a analizar, debatir y defender sus ideas.
Esa costumbre unida a la tolerancia por el pensamiento ajeno, ha dado como resultado una prensa analítica: es decir, desgranan los acontecimientos en piezas, los observan, sugieren sus causas y proclaman una conclusión. Muchas veces es una conclusión muy británica, como si ellos gobernaran el mundo todavía, pero por lo menos, la forma de atacar los asuntos suele ser propia de alguien “que le ha dado mucho al coco”.
Financial Times y The Economist, que son del mismo grupo editorial, han destacado en el mundo por tres razones: por sus análisis económicos, por la forma directa y elegante de exponerlos, y porque lo hacen en inglés. Si lo escribieran en serbocroata nadie los leería porque la comunidad financiera mundial, de Los Angeles a Hong Kong, se desayuna todos los días con FT, o con The Wall Street Journal, (y cada semana con The Economist) pues los entienden y aprenden de ellos.
Nuestra prensa económica, ¿en qué falla? En primer lugar, en que no hay forma de retener a los más talentosos porque se nos escapan para ganar más dinero o “porque estoy harto de llegar a las once de la noche”. Casi nadie echa canas en los medios económicos, y los que han echado canas, arrastran toda la tornillería defectuosa de unos malos hábitos adquiridos durante esos años. ¿Novedad? ¿Cambio? ¿Revolución? ¿Ensayar nuevas fórmulas? ¿Crear nuevos lenguajes? Usan las mismas 500 frases hechas desde que alguien les enseñó qué era un “caj flouu”.
También falla en que no se cultiva el género del análisis. Se confunde análisis con recortaje. Un recortaje es como llamamos de forma simpática a esas columnas que arriba dicen “Análisis” y abajo sólo traen un resumen de lo que ha pasado hasta el momento. Pero nada de materia gris. Nada de conclusiones novedosas. Nada de datos extraordinarios.
¿Y cómo se cultivaría el análisis? De una forma muy sencilla: dale tiempo al redactor para que prepare su análisis. Pero no. Aquí se hacen análisis como churros y no hay tiempo para pensar. Sí, he dicho pensar, pues para producir un buen análisis no sólo hay que hablar con muchas fuentes, y debatir con los compañeros (he dicho debatir, no discutir) sino también clavar los codos en la mesa y pensar.
Si un redactor jefe español ve una de sus chicas o de sus chicos en actitud de sagrada intelectualidad, le grita: “Mueve el trasero y mete este teletipo”. Voy a repetir la frase porque me gusta: “¡Mueve el trasero, joer!”.
Aparte de “mueve el trasero, joer”, hay otras frases como “coge esa llamada”, “mira a ver si ha llegado el fax”, “entra en la reunión”, “vete a la rueda de prensa”, “saca esa página de una vez”, “fusila este artículo del Times”, “vamos a levantar tu reportaje porque ha llegado esto”, “baja a seguridad y trae el paquete”, o, la mejor de todas, “la verdad es que tu tema está bien, pero es que esa empresa acaba de meter una campaña de cien mil euros”… Y lo peor de todo es que, con los despidos, hay menos gente por metro cuadrado, con lo cual se han multiplicado exponencialmente las actividades creativas anteriormente expuestas. Y con más mala leche de arriba.
Cinco años de Facultad, diez de formación intensa, para sumergirse en esa rutina portentosa.
A todo esto, hay que añadir que nadie se pone a buscar enfoques nuevos. Si lo hace, se encontrará con su jefe (ah, los jefes), que le dirá: “Me parece que se te ha ido la olla”. El jefe solo quiere cerrar páginas; y si es metiendo teletipos, mejor, porque es más rápido. Si chaval, cinco años de Facu para meter teletipos.
Y eso que no entramos en política. Porque suele pasar que la prensa económica se olvida de este adjetivo y piensa que es prensa política. Entonces, como el gobierno es socialista y los socialistas son el coco, hay que darles hasta en el carné de identidad, tengan o no tengan razón. A muchos les hubiera encantado titular que la economía española entraba en quiebra esta semana sólo por el placer de dar caña al gobierno, y olvidando su responsabilidad como medios y como periodistas: nos estábamos jugando nada menos que la credibilidad financiera de nuestro país. ¿Dónde está el equilibrio? Con Wally.
La prueba es que esta semana, algunos medios tuvieron que comerse sus titulares con cachelos.
De modo que nuestra prensa económica es lo que es.
No es por falta de talento. Es porque la maquinaria tritura todo: el talento de los audaces, el tiempo para madurar los temas, el tiempo para envejecer con placer en un medio de comunicación, y, bueno, supongo que el salario.
La prensa económica española además depende mucho de sus anunciantes. Entre los periódicos y las empresas (sus fuentes de financiación) se establece una relación tan estrecha que no son capaces de publicar nada hiriente. Y ahora, con la caída de la publicidad, si una redactora competente trae un tema que pise los callos a un anunciante, puede acabar en la sección de “Golf”. Eso produce un círculo vicioso: pocas noticias interesantes, falta de interés por los lectores, ventas miserables, falta de dinero, ergo, mucha dependencia de ¿quién? De los anunciantes.
Problema terrible: nuestra prensa económica es una prensa amistosa con los anunciantes. Digamos que se hacen arrumacos.
¿Alguien recuerda alguna exclusiva de la prensa económica que destapara los trapos sucios de una empresa?

El complejo paso de la juventud a la madurez.

Cuando se habla de los “jóvenes de hoy”, algunos adultos tienden a quejarse de un retroceso respecto a los de la generación anterior (bien en lo académico o bien en terrenos más amplios como la cultura, el civismo o la moral). Los más optimistas suelen salvarles con el argumento “nada nuevo bajo el sol”.
Debido a una serie de transformaciones socioculturales, el paso de la juventud a la madurez se ha vuelto más complejo que antes. Procurar hacerse cargo de la amalgama de conflictos que viven los jóvenes es ya un primer paso para ayudarles a buscar un sentido vital.

Pero para Christian Smith, profesor de Sociología y director del departamento de investigación social de la Universidad de Notre Dame, este último argumento a veces esconde comodidad antes que optimismo.

Sería como decir: ya se sabe que, a su edad, todos hemos tenido dificultades. Pero cuando se incorporen al mundo laboral, formen una familia y afronten una hipoteca, entonces maduraran. En cualquier caso, no podemos hacer nada por ellos.

A juicio de Smith, el argumento “nada nuevo bajo el sol” olvida un dato básico: que los jóvenes de ahora son distintos a los de antes, pues las condiciones sociales, culturales, demográficas y económicas en que han crecido son diferentes.

Seis tendencias que los hacen distintos

Smith es el investigador principal de Lost in Transition (1), un estudio recién publicado que combina técnicas cuantitativas y cualitativas para analizar cómo se comportan y cómo argumentan en el terreno moral los llamados “adultos emergentes”: o sea, jóvenes de 18 a 23 años. Una fuente de información muy valiosa en este estudio son las entrevistas en profundidad que hicieron Smith y su equipo en 2008 a una muestra de estos jóvenes, procedentes de distintos lugares de Estados Unidos.

Para comprender las dificultades que afrontan los jóvenes del siglo XXI, Smith y su equipo identifican seis cambios socioculturales que –junto a otros que no pueden abarcar– han dejado huella en esta generación.

El primero de ellos es la democratización de la universidad, un proceso que comenzó en la segunda mitad del siglo XX. Pero lo novedoso es que ahora un elevado número de alumnos –los que quieren estar mejor preparados y, por tanto, los que probablemente terminarán influyendo más en la cultura del país– tienden a alargar su formación académica hasta los 30 años mediante posgrados o masters.

Un segundo cambio, unido al anterior, es que se casan a edad más avanzada. Si bien es cierto que en esta decisión han influido factores económicos, también ha tenido mucho peso el miedo al compromiso.

Un tercer cambio podría formularse en forma de paradoja: nunca antes los jóvenes de EE.UU. (y, en general, de Occidente) habían gozado de tanta libertad y bienestar material, pero curiosamente nunca antes habían experimentado tanta “desorientación” y “ansiedad”; dos palabras que aparecen con frecuencia en el estudio.

El cuarto cambio es el hiperproteccionismo económico con que los padres envuelven a sus hijos universitarios. Aunque actúen con buena intención –que a sus hijos no les falte de nada para que aprovechen bien la carrera–, lo cierto es que esos recursos no siempre van destinados a comprar los últimos manuales.

Según las estimaciones de los autores, aparte del coste de la universidad, los padres norteamericanos gastan de media en sus hijos unos 38.340 dólares (28.560 euros) en el período que va de los 18 a los 34 años; dinero que éstos “destinan preferentemente a financiar su libertad durante el largo tiempo que transcurre hasta la madurez”.

El quinto cambio no aporta nada esencialmente novedoso al movimiento de la revolución sexual de los años sesenta y setenta. Fue entonces cuando la píldora facilitó separar sexualidad y procreación. Lo significativo de estas últimas décadas es que el permisivismo va en aumento.

Finalmente, en los años ochenta y noventa, las teorías postestructuralistas y postmodernistas tuvieron un gran impacto en la cultura norteamericana. Aunque muchos jóvenes quizá no conocen sus postulados, lo cierto es que algunas de estas ideas han calado en su manera de pensar. Por ejemplo: la pérdida de confianza en la razón; el auge del emotivismo; la idea de que cada cual puede construirse a sí mismo al margen de los lazos familiares y sociales e incluso de la biología; el relativismo moral, etc.

El subjetivismo sentimental confunde

De las conclusiones del estudio que más han llamado la atención a algunos comentaristas norteamericanos se encuentra la incapacidad –conceptual y lingüística– que tienen muchos jóvenes de 18 a 23 años para manejarse con soltura en las conversaciones sobre temas morales.

En general, ante los dilemas éticos planteados por los investigadores, abundan las respuestas basadas en un subjetivismo sentimental que evita chocar con las opiniones –más que convicciones– de los demás. Algunos ejemplos:

— “Eso es algo personal. Depende de cada uno. ¿Quién soy yo para juzgar?”

— “[En tal situación] haría lo que creo que me haría feliz o lo que me haría sentirme bien. No tengo otra forma de saber cómo actuar más que atender a cómo me siento”.

— “Supongo que lo que hace bueno a algo es cómo me siento yo respecto a eso. Pero entiendo que hay personas que pueden sentirse de forma diferente respecto a lo mismo; por tanto, no puedo decidir qué es bueno y qué es malo por los demás”.

Es significativo que, cuando los investigadores pidieron a los jóvenes que describieran un dilema moral al que se habían enfrentado, dos tercios no supieron responder o bien explicaron un dilema que no tenía nada que ver con la moral. Uno, por ejemplo, respondió que no tenía suficiente dinero para alquilar un apartamento.

Para Smith, la confusión de estos jóvenes se explica principalmente por dos motivos. Primero: porque se han acostumbrado a pensar la ética en función de sus sentimientos, en lugar de elaborar sus posiciones a partir de principios objetivos. Y segundo: porque, al no estar acostumbrados a leer ni a razonar sobre cuestiones éticas, les falta el vocabulario básico sobre estas materias.

El progresismo de unos lo pagan otros

Smith tiene clara una cosa: estos jóvenes no son unos inmorales. Pero necesitan más formación cultural y ética; algo que requiere dedicación por parte de los adultos. Más que nada porque estos problemas no afectan sólo a los jóvenes, sino que hunden sus raíces en la moderna cultura americana que éstos han heredado.

Esa dedicación –Smith la llama realistic care– exige, en primer lugar, abandonar el cómodo argumento “nada nuevo bajo el sol”. No es realista confiar en que los problemas de los jóvenes (su forma de pensar, los hábitos que han desarrollado durante años…) se arreglarán –así, de golpe y porrazo– sólo porque les caiga encima una hipoteca.

Además, una atención realista requiere abandonar el eje progresista-conservador para empezar a abordar la desorientación de los jóvenes. Se trata de afrontar sufrimientos concretos, no batallas ideológicas.

En este sentido, resulta elocuente un artículo de David Brooks en The New York Times a propósito de Lost in Transition. Después de comentar el estudio, se queja del poco caso que se ha hecho a pensadores rigurosos que llevan décadas advirtiendo sobre el deterioro de los valores compartidos y el auge del individualismo moral.

Autores como Allan Bloom, Gertrude Himmelfarb, Alasdair MacIntyre, Charles Taylor o James Davison Hunter han insistido –cada uno a su modo– en la insuficiencia de la experiencia subjetiva como fuente de sentido; son necesarios, además, los vínculos sociales que proporcionan la familia, la religión, la moral y la cultura.

El artículo de Brooks da pie para preguntarse si los experimentos sociales llevados a cabo a partir de los años sesenta en ámbitos como la protección de la vida, la familia, la educación o la sexualidad no se lo han puesto un poco más difícil a las generaciones siguientes.

A la vuelta de los años, parece que lo que las élites acomodadas del siglo XX consideraban signos preclaros de trasgresión y progresismo no eran más que fuentes de desorientación y ansiedad para unos jóvenes que, además, han de afrontar ahora una situación de inestabilidad económica y precariedad laboral.

Correo electrónico en una semana

Me envía esto un amigo:

Hoy sale a luz mi libro “Correo Electrónico en una semana” de Gestión 2000 del Grupo Planeta y que mejor que anunciarlo a través de un correo electrónico. El lanzamiento coincide con los 40 años del envío del primer correo electrónico. El libro intenta ser una herramienta que nos permitirá organizarnos mejor a la hora de escribir y de procesar los correos electrónicos, que en estos días cada vez son más y nos ocupa más tiempo gestionarlos. Aquí os dejo un link con la sinopsis, precio y demás información del libro.

A partir de hoy (18 de Octubre) estará en las librerías (con la fuerza de distribución de Planeta), en la tienda On-Line de Planeta, en Amazon.es (temporalmente agotado, pero podeis hacer “back order”) y en la Librería de iBooks de Apple (en el transcurso del día).

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No me haré rico con este libro, pero estoy seguro servirá a que muchos de nosotros ahorremos una hora al día y la podamos dedicar a buenas acciones, a nuestra familia, a descansar o incluso a hacer más proyectos ;)

Protector Solar

Discurso de graduación del MIT, 1997
por Kurt Vonnegut.

“Damas y caballeros del curso de 1997:

Usen crema de protección solar.

Si solamente pudiese darles un consejo para el futuro, sería que usen crema de protección solar. Los beneficios a largo plazo de la protección solar han sido demostrados por la ciencia, mientras que el resto de mis consejos no tienen más justificación que mi propia e insegura experiencia. Les daré estos consejos ahora.

Disfruten del poder y la belleza de su juventud. No se preocupen. No comprenderán el poder y la belleza de la juventud hasta que se hayan marchitado. Pero créanme, en 20 años verán fotos de ustedes y comprenderán de una manera que ahora les resulta imposible cuántas posibilidades yacían ante ustedes y cuán bellos eran. No están ustedes tan gordos como creen.

No se preocupen por el futuro. O sí, preócupense. Pero sepan que preocuparse es tan efectivo como tratar de resolver una ecuación algebraica masticando chicle.

Los verdaderos problemas de sus vidas serán cosas que nunca se han cruzado por su mente, el tipo de cosas que les abruman de repente a las 4 de la tarde de un aburrido jueves.

Hagan cada día algo que les asuste hacer.

Canten.

No sean imprudentes con los sentimientos de otras personas. No acepten que otros sean temerarios con los sentimientos de ustedes.

Sean tranquilos.

No malgasten su tiempo con los celos. A veces estás por delante, otras veces estás detrás. La carrera es larga y al final, se compite sólo con uno mismo.

Recuerden los cumplidos que reciben. Olviden los insultos. Si consiguen hacer esto, díganme cómo.

Conserven sus viejas cartas de amor. Tiren a la basura la correspondencia del banco.

Hagan estiramientos.

No se sientan culpables por no saber qué hacer con sus vidas. La gente más interesante que conozco no sabían que hacer con sus vidas cuando tenían 22 años. Algunas de las personas de 40 años más interesantes que conozco siguen sin saberlo.

Tomen mucho calcio. Cuídense las rodillas. Las echarán en falta cuando dejen de funcionarles.

Tal vez se casen, tal vez no. Quizá tengan hijos, quizá no. Puede que se divorcien a los 40 o puede que bailen el pollo loco en su 75º aniversario de bodas.

Hagan lo que hagan, no sean demasiado indulgentes con ustedes mismos. Tampoco sean excesivamente estrictos. Sus opciones rondarán siempre el 50%, como las de todo el mundo.

Disfruten de su cuerpo. Úsenlo de todas las maneras que puedan. No le tengan miedo ni se preocupen por lo que otras personas puedan pensar de él. Es el mejor instrumento que nunca tendrán.

Bailen. Incluso si no tienen más lugar para hacerlo que el salón de su casa.

Lean siempre las instrucciones aunque luego no las sigan.

No lean revistas de belleza. Solamente les harán sentir feos.

Llévense bien con sus padres. Nunca se sabe cuando van a dejar de estar ahí.

Traten bien a sus hermanos. Son su mejor enlace con el pasado y los únicos que les seguirán apoyando en el futuro.

Comprendan que las amistades van y vienen, pero que deben mantener a esas pocas que son preciosas.

Hagan lo posible por sobreponerse a las distancias geográficas y a las diferencias culturales ya que, cuanto más viejos se hagan, más necesitarán a la gente que les conocía de jóvenes.

Vivan en New York al menos una vez, pero váyanse antes de que les haga demasiado duros. Vivan en California al menos una vez, pero váyanse antes de que les haga demasiado blandos. Viajen.

Acepten algunas verdades inalienables: subirán los precios, los políticos les engañarán, ustedes también se harán viejos y, cuando lo sean, ustedes también fantasearán con que antes los precios eran más razonables, los políticos más honestos y los jóvenes más respetuosos con sus mayores.

Respeten a sus mayores.

No esperen que nadie les mantenga. Tal vez encuentren alguien dispuesto a invertir dinero en ustedes. Quizá se casen con una persona rica. Pero nunca sabrán cuando les van a dejar tirados.

No se hagan demasiadas porquerías en el pelo o a los 40 parecerá que lleva 80 años con ustedes.

Tengan cuidado con los consejos que reciben pero tengan paciencia con los que se los ofrecen. El consejo es una forma de nostalgia. Aconsejar a la gente es una forma de recuperar el pasado de la basura, limpiarlo, darle una capa de pintura y reciclarlo para que parezca mejor de lo que nunca fue.

Háganme caso en lo de la protección solar.”

(Traducido del inglés por Julkarn)

Steve Jobs

«Recordar que moriré pronto es la herramienta más importante que he encontrado para hacer las decisiones grandes en mi vida. Porque casi todo, todas las expectativas, el orgullo, el miedo a la vergüenza o fallo, todas esas cosas simplemente desaparecen cuando encaras a la muerte, dejando solamente aquello que es importante. Recordar que vas a morir es la mejor forma que conozco de evitar la trampa de sentir que tienes algo que perder. Ya estás desnudo. No hay razón para no seguir a tu corazón.»

— Steve Jobs (1955 – 2011)

La paternidad en la televisión

Los padres no son perfectos, pero siguen siendo hombres de bien, cariñosos, que hacen lo mejor que pueden para que sus familias sean felices. Pero los medios de comunicación a menudo nos quieren hacer pensar lo contrario. Su retrato del padre es tan patético como el perdedor que quieren pintarnos. En la televisión encontramos por todas partes padres vagos, memos, irresponsables, estúpidos. Son totalmente incompetentes para ayudar en casa, no digamos para criar a sus hijos. Por supuesto, las madres son profesionales sabelotodo y preciosas. Su coeficiente intelectual es diez veces mayor que el de su marido, y uno se pregunta en primer lugar por qué se casaron con esa birria de hombre con sobrepeso.
Muchos libros para niños siguen la misma fórmula. Papá Oso de Los Osos de Berenstain es tan inmaduro como sus hijos, si no peor. El padre de la serie de Henry y Mudge es afectuoso, pero algo así como un pato cojo. Y el padre en el Diary of a Wimpy Kid (Diario de Greg: un pringao total, Jeff Kinney) no es más que un perdedor.
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La opinión ya no es de los magnates

Las actuales tribulaciones de Rupert Murdoch y de Silvio Berlusconi muestran que se puede ser un magnate de la prensa, sin ser capaz de dominar la opinión y de controlar la vida política. Si hay algún imperio mediático hoy día en el mundo, este es News Corporation, el grupo levantado por Rupert Murdoch, con ingresos de 23.200 millones de euros en 2010 y beneficios de 2.820 millones. Un emporio que mezcla periódicos serios influyentes (The Wall Street Journal, The Times), prensa sensacionalista (The Sun), múltiples periódicos en Australia, cadenas de televisión (Fox, parte de BSkyB), estudios cinematográficos (20th Century Fox), edición de libros (Harper Collins) y un larguísimo etcétera.

Este despliegue de medios ha hecho que tradicionalmente Murdoch sea presentado como una fuerza mediática capaz de levantar y derribar gobiernos. Su espaldarazo habría sido decisivo para el triunfo del Nuevo Laborismo de Tony Blair, y, después, para la consagración de David Cameron. En Estados Unidos, la cadena Fox se considera el ariete contra la Administración Obama, y News Corp. no tiene inconveniente en donar un millón de dólares a la Asociación de Gobernadores Republicanos.

Y, sin embargo, en unas escasas semanas Rupert Murdoch se ve obligado en el Reino Unido a tomar la dolorosa decisión de cerrar el millonario tabloide News of the World, y de retirar su OPA sobre la plataforma de televisión BSkyB, pocas horas antes de que se debatiera en los Comunes una moción, que tenía el apoyo de todos los grandes partidos, para pedir a Murdoch que renunciara a esa operación de 8.000 millones de euros. Y además Cameron anunciaba la puesta en marcha de una comisión de investigación sobre las escuchas ilegales, con poderes para obligar a declarar bajo juramento, a la que los Murdoch han sido convocados. Ahora el gobierno y la oposición parecen rivalizar en su indignación y su agresividad contra el periodismo sensacionalista e invasor de la privacidad, alentado por los directivos de News Corp.

Lo curioso es que en pocas semanas el imperio de Murdoch en el que no se ponía el sol parece haberse eclipsado. Pero ¿no se nos decía que la influencia política de Murdoch era determinante en la política británica? ¿Que los políticos le rendían pleitesía para ganarse su favor? Ahora los mismos periodistas que denunciaban el poder omnímodo de News Corp. se ven obligados a explicar cómo es que los políticos buscan la yugular de Murdoch y la opinión pública que compra su prensa le reprocha sus métodos.

Lo más probable es que antes se exagerara la capacidad de influencia de Murdoch sobre el público y que ahora se dramatice su revés, imitando así el estilo sensacionalista que se reprocha a los tabloides.

Lavado televisivo de cerebro

También era opinión común que Silvio Berlusconi tenía en un puño a la opinión pública italiana con su hegemonía televisiva en la península, en la que se sumaba la cadena privada Mediaset y su influencia en la RAI a través del gobierno. Tras ganar varias elecciones, la última hace tres años, la oposición se desesperaba con los votantes, que seguían apoyando a Berlusconi a pesar de sus escándalos. Todo se explicaba por el lavado televisivo de cerebro.

Pero el mes pasado la mayoría de los electores respaldaron en referéndum cuatro iniciativas propuestas por la oposición (sobre energía nuclear, propiedad del agua, permiso para que el primer ministro y los ministros no acudan a juicio), desoyendo la invitación a la abstención del jefe del gobierno. Participó el 55,8% del cuerpo electoral, por encima del 50% necesario para que las consultas fueran vinculantes, y, como cabía esperar, casi el 95% de los que fueron a votar apoyaron las propuestas.

¿Cómo una opinión pública tan manipulada ha podido desautorizar al manipulador? Los cronistas que antes denunciaban el letargo del cuerpo electoral ahora saludan su despertar: “La opinión pública italiana, a la que muchos daban por anestesiada…” (entre esos muchos, el corresponsal de El País que escribe eso). De repente se descubre que “pese a haber vivido una larga era de manipulación y propaganda, la cultura política sigue viva en Italia”. La alegría permite al corresponsal abandonarse al lirismo: “Los italianos han hablado como un pueblo libre y han dado una lección de pasión democrática”. Se sobreentiende que cuando votaban a Berlusconi lo hacían como un pueblo esclavo.

Es fácil convencerse de que cuando la gente vota algo que no nos gusta es porque ha sido intoxicada y manipulada. Pero no estamos en regímenes de prensa y partido únicos. Hoy día en Europa hay la suficiente variedad de medios de prensa como para que ningún grupo imponga su visión particular y todos estén sometidos al escrutinio de otros. También en el caso de los problemas de Rupert Murdoch, ha sido otro medio, The Guardian, el que ha ido desvelando las prácticas fraudulentas de News of the World.

Los magnates pueden comprar periódicos, pero no son dueños de la opinión.

Un mundo de suma cero

En los años dorados de la globalización se decía que todos los países salían ganado con ella. Pero ahora algunos detectan que hemos entrado en un “mundo de suma cero”, un mundo en el que los unos ganan porque los otros pierden. Según este diagnóstico, un alto nivel de integración económica no supondría el fin de las rivalidades estratégicas y de los previsibles conflictos. Continue reading

Selección de literatura para las vacaciones

José Emilio Pacheco, Las batallas en el desierto. México, fines de los años cuarenta. Carlos, de doce años, es invitado a la casa de su compañero Jim, donde se enamora platónicamente de su madre. Desde el principio sabe la imposibilidad de ser correspondido, y esto le hace sufrir. Las críticas a los parámetros de los mayores también hacen su aparición. Las reacciones de la familia de Carlos descubren hipocresías tan verdaderas como el anticlericalismo maniqueo de Pacheco. Con todo, también se percibe un inevitable toque nostálgico, signo de la inocencia perdida. (Tusquets. 77 págs. 10 €.)

Carlos Pujol, Los fugitivos. La acción se desarrolla durante la Segunda Guerra Mundial, en Roma y en Madrid a lo largo de 1943. Cuando cae Mussolini, un capitán español es enviado a una delicada operación de espionaje para sacar de la ciudad eterna a un importante súbdito inglés. Una trama con una buena descripción de las tensiones que se viven en la ciudad y con unos personajes bastante estrafalarios con los que el lector termina por encariñarse. Para redondear la parodia, se añade una secundaria trama amorosa. Divertida caricatura del espionaje, la diplomacia, el poder… a través de unos diálogos irónicos, inteligentes y sutiles. (Menoscuarto. 152 págs. 14,50 €.)

Juan Marsé, Caligrafía de los sueños. Regresa Marsé al territorio de su infancia, la Barcelona de la posguerra, dando forma a una singular épica de los perdedores que se ha convertido en su principal seña de identidad. En la novela aparecen más elementos biográficos de los habituales. Y, como en el resto de su trayectoria, no faltan los puntuales ataques anticlericales y una ambientación en ocasiones sórdida. El detonante es la frustrada y ridícula historia de amor que vive una de las vecinas del barrio, Vicky. (Lumen. 426 págs. 22,90 €.)

Santiago Posteguillo, Trilogía de Escipión. Si hay un hecho interesante de la Roma antigua, después de la caída de la república y más que la época imperial, ese es el enfrentamiento con Cartago. En la segunda guerra púnica Roma conoce al peor enemigo que tuvo hasta ese momento, Aníbal. Santiago Posteguillo lo retrata muy bien, al igual que a Publio Cornelio Escipión, protagonista de la trilogía. Hay muchos momentos emocionantes, narrados con contención y sin sentimentalismos. También hay sobriedad en los innumerables actos de guerra. (Ediciones B. 720, 860 y 800 págs. 65,50 €.)

Manuel Chaves Nogales, A sangre y fuego. En 1937, aparecieron en Francia estos nueve relatos ambientados en los primeros meses de la guerra civil. Poco antes, a finales de 1936, su autor se había exiliado en París. A pesar de su declarado compromiso político, que nunca ocultó, Chaves no utiliza la literatura para caer en la trampa del maniqueísmo, ni siquiera en una fecha tan temprana como 1937. Al contrario, estos relatos sorprenden precisamente por su humanidad, pues denuncia cómo la dictadura de la sinrazón se había apoderado de los dos bandos. (Libros del Asteroide. 320 págs. 17,95 €.)

José Julio Perlado, Mi abuelo, el Premio Nobel. Contada en primera persona por su nieto, esta novela, poética y fantástica a la vez, cuenta la historia del escritor Dante Darnius, que consigue el Premio Nobel de Literatura sin haber escrito ni una línea. Dante es un magnífico contador de historias que, sin embargo, es incapaz de llevar al papel. Lo suyo es la narración oral, contar en directo relatos que, como él dice, los tiene completos en la cabeza. La novela contiene algunos de los relatos fantásticos que Dante cuenta a su nieto, imaginativos y muy bellos, de gran calidad literaria, como toda la novela, escritos con un estilo que imita la fábula y que en ocasiones se asemeja, de manera deliberada, a ciertos relatos infantiles.(Funambulista. 184 págs. 13 €.)

DESDE ESTADOS UNIDOS

Ivan Doig, Una temporada para silbar. Paul Milliron, superintendente de Instrucción Pública en Montana en los años 50, revive su vida en 1909, cuando cumple trece años, en la pequeña aldea de Marias Coulee. Paul es el mayor de los tres hijos que tiene Oliver, un granjero que se ha quedado viudo. Junto con Rose, la nueva ama de llaves, llega Morris, su hermano, que acabará siendo el maestro de la escuela rural. La novela es un homenaje a la entrega de muchos maestros de estas escuelas. Pero hay más. Doig describe con ternura los sentimientos más profundos de unos entrañables personajes. (Libros del Asteroide. 360 págs. 21,95 €.)

Gay Talese, Honrarás a tu padre. Publicado en 1971, era la primera vez que se escribía un relato de no ficción que penetraba en los entresijos de la Mafia. Cuando Talese, uno de los padres del Nuevo Periodismo, conoció en 1965 a Bill Bonanno, el hijo del mítico Joseph Bonanno, el capo de una de las familias más poderosas de Nueva York, decidió escribir un libro que “sugiriera la complejidad de ser un Bonanno, la atmósfera especial que se respiraba en esa casa, la influencia del pasado sobre el presente”. (Alfaguara. 618 págs. 21,50 €.).

Patrick Dennis, La tía Mame. El joven Patrick se queda huérfano a los diez años y se hace cargo de él su tía Mame, la excéntrica hermana de su padre. Acostumbrado a una disciplina fría, el joven Patrick se encuentra con una efervescente mujer que lleva una agitada vida social, con unas amistades de lo más originales y con una alocada afición por “lo experimental, lo apasionante, lo moderno y lo nuevo”. Patrick recuerda su relación con su tía, resaltando las anécdotas más esperpénticas e histriónicas. (Acantilado. 352 págs. 19,50 €.)

Truman Capote, Niños en su cumpleaños. Escrito en 1948, el escenario es uno de los pueblos de Alabama donde nunca pasa nada, donde llegan una niña de diez años, Miss Bobbit, y su madre. El desparpajo y carácter abierto de la niña provoca un terremoto entre los niños. Su manera de vestir, sus hábitos, su lenguaje, sus ideas… nada tienen que ver con lo que están acostumbrados. Capote acierta a captar el mundo interior de estos niños, sus ilusiones y, también, sus egoísmos. (Nórdica. 64 págs. 8 €.)

Flannery O’Connor, La buena gente del campo. La señora Hopewell y su hija Joy viven en una granja sureña cuando un joven vendedor de Biblias llama a su puerta. Manley Pointer pertenece a la “buena gente del campo”, sencilla e inocente, en oposición a Joy, quien, a sus 32 años, se muestra descreída y recelosa. Joy y Pointer se citan para dar un paseo por el bosque, ella con la intención de seducirlo y él con otra muy diferente. Incómodo, audazmente construido y resuelto con brillantez, este relato resume las intenciones y el estilo de O’Connor (1925-1964). (Nórdica. 72 págs. 8 €.)

LITERATURA INGLESA

Jane Gardam, El viejo juez. El juez Edward Feathers es una leyenda entre los abogados británicos después de toda una vida en Hong Kong. El relato comienza cuando vive retirado y su esposa de toda la vida ha fallecido. La narración señala los episodios que marcaron afectivamente su vida. Lo característico del argumento es que tanto Feathers como su esposa, y muchas de sus amistades, son “huérfanos del Imperio”: hijos de funcionarios británicos nacidos en Oriente pero que fueron enviados a Inglaterra para ser educados. (Salamandra. 318 págs. 19 €.)

Kingsley Amis, Los viejos demonios. Los protagonistas son un grupo de jubilados galeses, todos ellos amigos desde la infancia. La acción se desencadena con el retorno de una de las parejas que ha vivido hasta ese momento en Londres, aparentemente con éxito y fama. Esta es la ocasión para hacer una mordaz crítica social. La novela rebosa de una ironía muy inglesa que alcanza sus mejores momentos cuando el autor se recrea en los diversos tipos de desayunos y, sobre todo, en las relaciones de pareja, tan alteradas por el paso del tiempo. Pero también hay algo que destacar: un canto a la amistad y a la comprensión de los defectos de los demás. (Lumen. 436 págs. 22,90 €.)

Hilary Mantel, En la corte del lobo. El talento político del corrupto y encantador Thomas Cromwell le llevó desde la nada hasta la cima del poder, situándole en el epicentro de la revolución que provocó el encaprichamiento de Enrique VIII por Ana Bolena. Esta novela histórica se centra desde la caída de Wolsey hasta la de Moro. La trama, a pesar de ser muy conocida, no deja de interesar, sobre todo porque Mantel tiene el buen gusto de no convertirla, como hacen otros libros y series televisivas, en un mero recuerdo del comportamiento lujurioso del rey. (Destino. 752 págs. 22,50 €.)

Katherine Webb, El legado. Cada capítulo de esta novela tiene una parte que transcurre en el tiempo presente y otra a principios del siglo XX. En el prólogo, la recién casada Caroline aparece abandonando a un niño. Muchos años después, sus biznietas Erica y Beth vuelven a la casa donde han pasado los veranos de su infancia y reviven muchos recuerdos de aquellos años. De manera paralela se cuenta también la historia de Caroline, que sirve de luz clarificadora para entender los acontecimientos presentes. Con esta estructura, la autora desea transmitir el mensaje de que no se puede vivir enmascarando la verdad de las cosas y que hay que admitirlas como han sido. (Lumen. 481 págs. 22,90 €.)

CENTROEUROPA

Sándor Márai, La gaviota. Como también hizo en sus novelas más celebradas –El último encuentro y Divorcio en Buda–, Márai construye La gaviota mediante un largo diálogo entre los dos protagonistas, un consejero del gobierno y una joven maestra finlandesa, de nombre Aino Laine. Aino ha viajado a Hungría con una beca y acude a entrevistarse con el alto funcionario para pedirle ayuda. Éste se siente atraído por el extraordinario parecido que la joven tiene con la mujer que él amaba. Novela que aborda con sencillez los temas más humanos tratados al modo reflexivo y dialogado de un Márai elegante, brillante y mundano. (Salamandra. 187 págs. 15 €.)

Eduard von Keyserling, Princesas.Las novelas de Von Keyserling (1855-1918) describen la despedida final de la Belle Époque y del mundo decadente de la aristocracia báltica de habla alemana. Princesas es un retrato social del amor y de la pérdida. Los protagonistas giran en torno a la corte de un pequeño principado arruinado, incapaz de adaptarse al cambio de los tiempos. ¿Qué hacer ante la posible ruina? Esa parece la principal preocupación de la soberana del país, la viuda Adelheid von Neustatt-Birkenstein, que duda entre casarse o no con un pretendiente que podría solucionar los problemas económicos de la corte. (Nocturna. 255 págs. 15,95 €.)

Hortensia Papadat-Bengescu, Concierto de música de Bach. Hortensia Papadat-Bengescu (1876-1955) está considerada como la autora que conduce a la novela rumana, en la primera mitad del siglo XX, al mejor nivel europeo. Trascurre la novela en el periodo entre guerras, está ambientada en la sociedad noble y burguesa, refinada, culta y afrancesada de aquellos años y cuenta la preparación de un gran concierto de Bach. Además de la música, uno de los temas de la novela, a la autora le interesa mostrar el lado sombrío de una sociedad cínica, vanidosa y frívola. (Gadir. 281 págs. 20 €.)

LOS RUSOS

Iván Goncharov, El mal del ímpetu. Publicado en 1938, este relato tiene mucho que ver con Oblómov, la novela que hizo famoso a su autor. En él se describe en clave cómica la enfermedad que aqueja a la familia Zurov, que les empuja, cuando llega el buen tiempo, a salir al campo a constantes excursiones para sacarle todo el jugo a la vida y a la naturaleza. En el otro extremo está Nikon Ustínovich, perezoso y glotón, que vive permanentemente en la cama. El relato es hilarante y está contado con un clima narrativo totalmente ruso. (Minúscula. 110 págs. 12,50 €.)

Nikolái Leskov, Una familia venida a menos. Publicada en 1874, constituye la crónica familiar de los Protozánov, concretamente del período en que la princesa Varvara es la cabeza de la familia. Los sucesos del momento impregnan toda la narración y dan una visión exacta de la situación histórica por la que atraviesa Rusia: una nobleza decadente y afrancesada junto a otra advenediza proveniente de la burguesía; una monarquía zarista sin prestigio y un pueblo que aunque acostumbrado a soportar todas las humillaciones empieza a rebelarse. (El Aleph Editores y Taller de Mario Muchnik. 299 págs. 25 €.)

Borís Pasternak, El doctor Zhivago. Nueva traducción al castellano de una de las novelas más populares del siglo XX. Se cuenta el mundo interior del poeta y doctor Yuri Zhivago, que tiene que sobrevivir en un contexto dramático, tras la proclamación de la revolución y la posterior Guerra Civil. Por esta novela y el conjunto de su obra poética, por la que era más conocido, recibió en 1958 el Premio Nobel de Literatura. Un año antes, tras ser prohibida en la URSS por antisoviética, se había publicado en Italia con un espectacular éxito. (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. 760 págs. 24 €.)

Nikolái Gógol, El capote. Publicado en 1842, está considerado uno de los mejores relatos breves de la literatura rusa. En él se cuenta el triste final de un personaje entrañable, Akaki Akákievich, un mediocre y laborioso funcionario que se gana la vida copiando textos en una oscura oficina en la que tiene que soportar las burlas de sus compañeros.Pero el invierno en San Peterbursgo es inclemente y Akaki tiene que cambiar de capote para protegerse del frío. La sencillez de Akaki se ha convertido en un eficaz símbolo de la humilde condición humana, amenazada por la vanidad y las miserias. (Nórdica. 104 págs. 15 €.).

EN FRANCÉS

Laurent Mauvignier, Hombres. Novela francesa que se desarrolla en veinticuatro horas. Rabut, uno de los protagonistas, repasa los cuarenta últimos años de varios personajes que han sufrido las consecuencias dramáticas de la guerra de Argelia. Una celebración familiar despierta en los protagonistas el recuerdo de sus vivencias durante aquella guerra, que ahora se considera absurda, infame y vergonzante. Aquellos sucesos han condicionado las vidas de todos ellos durante muchos años. (Anagrama. 247 págs. 19 €.)

Jean Echenoz, Correr. Crónica de la vida deportiva del atleta checoslovaco Emil Zátopek, corredor que comienza a destacar en 1946. El libro no es una biografía, sino más bien una crónica rápida, hecha de instantáneas de su vida y su ambiente, desde la perspectiva de la actividad deportiva del protagonista. A la vez, la narración describe certeramente la situación política de Checoslovaquia como satélite de la URSS, las repercusiones de la actividad de Zátopek para el régimen de Praga y las limitaciones y desencuentros que el protagonista tiene por sus opiniones políticas. (Anagrama. 140 págs. 14,50 €.)

Irène Némirovsky, Los perros y los lobos. Última obra narrativa que publicó en vida esta escritora judía de origen ruso. Es una novela con características parecidas a las que le han dado fama. En esta ocasión, el dramatismo es más relevante, pues todo gira en torno a la situación de los judíos y las persecuciones que padecen en Europa. En la novela se concreta este drama en la vida de dos judíos que vivieron infancias muy distintas en Ucrania, de donde proceden, y que ahora en París, donde viven exiliados, comparten destino y tragedia. (Salamandra. 221 págs. 15 €.).

VALORES ASIÁTICOS

Yu Hua, ¡Vivir! Es curioso que la lectura de un libro tan duro como ¡Vivir! deje en el recuerdo un poso tan vitalista. Yu Hua se sirve de un solo personaje, Fugui, un campesino que en su vejez rememora su vida para presentarnos este fresco de la China del siglo XX. El anciano, hijo de un terrateniente, dilapida en su juventud la herencia paterna en el juego; y se abisma en una pobreza a la que también condena a su mujer y sus dos hijos. Pero la lista de desgracias continúa. No obstante, en ningún momento el dolor aventaja a la esperanza y, con toda su corrupción y su pena, la vida sale adelante. (Seix Barral. 240 págs. 18,50 €.)

Susaku Endo, El mar y veneno. Ambientada en Japón durante la Segunda Guerra Mundial, en un Hospital de Fukuoka y con el ruido de fondo de los bombardeos americanos, se cuentan los experimentos médicos que se realizaron con prisioneros americanos. Con este dramático asunto plantea el autor la motivación que lleva a todo un equipo médico a aceptar tales experimentos y el proceso interior de sus conciencias. Aunque el tema es crudo, su lectura es pacífica. Endo (1923-1996) se convirtió al catolicismo, lo que determinó que los planteamientos cristianos ocuparan el centro de su literatura, en contraste con la mentalidad predominante en Japón. (Ático de los Libros. 200 págs. 18,50 €.)

Buddhadeva Bose, La mujer de mi vida. Cuatro desconocidos se aprestan a pasar la noche en una estación de tren india. La vista de una pareja de jóvenes enamorados les sugiere que cada uno cuente la historia del amor de su vida. Un contratista, un burócrata del gobierno, un médico y un poeta se preguntan si el recuerdo de algo feliz es a su vez triste o alegre y se lanzan con sinceridad a averiguarlo. Cuatro breves historias llevadas con gran precisión narrativa; no especialmente sentimentales; realistas y profundas en sus análisis; a la vez positivas y tristes. (Seix Barral. 155 págs. 18 €.)

GEOGRAFÍAS POLICIACAS

Qiu Xiaolong, El caso Mao. Buena parte del interés de estas novelas policíacas, protagonizadas por el inspector Chen Cao, es el peso que tiene en sus argumentos el reciente pasado chino, que se juzga de manera muy crítica. Chen Cao recibe el encargo de un ministro del Gobierno chino de investigar a la nieta de una actriz con la que hace años Mao tuvo una de sus numerosas aventuras. Junto con las referencias al pasado, Xialong muestra las contradicciones en las que vive sumida la China actual. (Tusquets. 330 págs. 19 €.)

Kenneth Fearing, El gran reloj. El título de esta novela de 1946 hace alusión al engranaje de circunstancias y personas que tejen lo que necesariamente ha de ocurrir. En principio. George Stround, el protagonista, se ve envuelto en una extraña muerte que apunta hacia él. En la novela no hay policías ni delincuentes habituales. El crimen sucede en un entorno de personas normales y eso añade una sobredosis de tensión psicológica y un suspense más intensos. Además, Fearing emplea hasta siete narradores que van contando los hechos sucesivamente. (RBA. 188 págs. 17 €.)

James Thompson, El noveno círculo de hielo. El inspector norteamericano Kari Vaara lleva en Finlandia más de diez años. Buena parte del atractivo de las novelas que protagoniza se lo lleva su compleja personalidad, su pasado y su obsesiva dedicación a proteger al débil. El otro protagonista es la cara negra de Finlandia. Una de las líneas de la novela revisa el colaboracionismo con el holocausto judío. En paralelo, investiga el cruel asesinato de una mujer. Vaara sigue una pista que le lleva hasta la corrupción del poder y a un mundo macabro de sexo fetichista. En el inabordable y extenso panorama actual de novela negra, los libros de Thompson son destacados. (Roca. 301 págs. 19 €.)

Dashiell Hammett, Todos los casos de Sam Spade. Reúne este volumen las cuatro narraciones protagonizadas por el detective Sam Spade, personaje de ficción creado por Dashiell Hammett (1894-1961), uno de los grandes de la novela negra. Spade es un detective muy bien caracterizado: sólido, rudo, práctico, sin ningún idealismo; solo parece moverle el dinero, y para sobrevivir desarrolla un cinismo total. Y aunque colabora con la policía, siempre acaba ganándoles la partida con un dato, una pista, que ellos no han sabido ver. (RBA. 33 págs. 20 €.)

Domingo Villar, La playa de los ahogados. Segunda novela que publica Villar tras el éxito de Ojos de agua, que se desarrollaba en Vigo en torno a la investigación de un crimen que llevan a cabo el inspector Leo Caldas y su ayudante Rafael Estévez. En La playa de los ahogados, se enfrentan ahora al caso de un pescador de Panxón, que aparece ahogado y con las manos atadas en la playa de su pueblo. El ambiente de marineros pescadores y los personajes están muy bien retratados; la tensión narrativa y la intriga de la historia también son estupendas. Además, el humor y la ironía destensan las emociones. (Siruela. 445 págs. 19,90 €.)

HUMOR EN DIFERENTES LATITUDES

Kenneth Cook, El koala asesino. El hilo conductor de estos relatos son las inverosímiles aventuras que corre el protagonista de la mano de personajes extravagantes que ponen al autor en serios aprietos por su relación con algunos animales de la fauna australiana. El tono es muy divertido. (Sajalín. 213 págs. 18 €.)

Iraj Pezeshkzad, Mi tío Napoleón. Deliciosa novela, una historia de amor entre adolescentes, como un detalle más de un retablo esperpéntico en el Irán de los años cuarenta del siglo XX. Las figuras centrales son el Querido Tío (obsesionado con Napoleón) y su criado, Mash Qasem, que se cree las historias fantasiosas del amo y las fomenta. El Querido Tío es el mayor de un conjunto de hermanos que viven en casas contiguas, en un Teherán donde el islamismo no está reñido con el alcohol y donde hombres y mujeres son demasiado propensos al amor o a lo que sea. La novela está conducida con mano maestra. (Ático de los Libros. 716 págs. 29,95 €.)

Bulbul Sharma, Mis santas tías. Entretenida colección de relatos que, desde diferentes perspectivas, aporta otras tantas visiones de la siempre enigmática y excesiva India. Sus tramas son amenas e inagotables, sus protagonistas son mujeres y en todos ellos se narra un viaje de carácter iniciático. Sharma, por un lado, denuncia, siempre con sutileza y humor, sin cargar las tintas, la situación de la mujer en su país, y por otro despliega un fresco de las costumbres, tipos y credos que singularizan la India en su historia más reciente. (Nocturna. 256 págs. 16 €.)

Seumas O’Kelly, La tumba del tejedor. Breve novela, un clásico de la literatura irlandesa, que refleja algunos rasgos del espíritu irlandés y que constituye una entretenida parábola con el telón de fondo del valor de la vida y de la muerte. En una pequeña localidad irlandesa fallece Mortimer Hehir, el tejedor, uno de sus habitantes más longevos. Muere sin revelar a su viuda el lugar donde tiene que ser enterrado en el antiguo cementerio de Clon na Morav, donde tienen un sitio reservado los muertos más ilustres. (Sajalín. 77 págs. 11,50 €.)

P.G. Wodehouse, Ómnibus Jeeves. Anagrama está editando las novelas y relatos protagonizados por Bertie Wooster y su ayuda de cámara Jeeves, la pareja más popular del escritor inglés P. G. Wodehouse (1881-1975), una de las cimas de la literatura humorística contemporánea. Este primer volumen contiene tres de sus novelas: ¡Gracias, Jeeves!, El código de los Wooster y El inimitable Jeeves. Wooster es un joven ocioso que cuenta con una esperpéntica parentela de tías y primos que le hacen la vida imposible; a su lado, el eficaz Jeeves le saca continuamente de los enredos en los que se ve metido. (Anagrama. 588 págs. 24,50 €.)

Gerald Durrell, Mi familia y otros animales. Escrita en 1956 y editada en castellano en 1975, este libro no ha cesado de reeditarse, convirtiéndose en el título más leído del prolífico Gerald Durrell (1925-1995), autor entre otras de la Trilogía de Corfú, libros memorialísticos que recuerdan su estancia en la isla griega entre los años 1935 y 1939 y que está formada, además, por Bichos y demás parientes y El jardín de los dioses. En principio, su intención con este libro era describir el despertar de su afición a los animales. Sin embargo, las excéntricas peripecias de su familia fueron tomando casi más protagonismo que sus expediciones. (Alianza. 416 págs. 11,50 €.)