Paco Sánchez: "A callar"

shout7Paco Sánchez: “A callar”

Copio y pego de Vagón-bar, blog de Paco Sánchez,

A callar

Dijo anteayer la Vicepresidenta segunda, Elena Salgado, a propósito del aborto, que «la Iglesia no sabe, como siempre, cuál es su lugar». La ministra socialista parece dar a entender que ella sí lo sabe. Y eso que esta vez, los obispos se dirigían únicamente a los católicos.

Se ve que Elena Salgado quiere una Iglesia callada que, si habla, lo haga solo en apoyo del Gobierno. Es decir, una Iglesia sometida y servil. Además de servidora: por descontado, la ministra desea, supongo,  que la Iglesia mantenga sus actividades de asistencia, porque la crisis se le complicaría mucho sin ese inmenso colchón, tan barato para las arcas del Estado, que supone Cáritas, con sus más de sesenta mil voluntarios. El lugar de la Iglesia para la ministra es la atención silenciosa a casi tres millones de personas en cuatro mil quinientos centros:  86 hospitales,  58 ambulatorios y dispensarios, 858 casas de acogida para ancianos, enfermos crónicos y minusválidos, 236 guarderías infantiles, 191 centros de tutela para la infancia, etc. Ese es el lugar de la Iglesia para la ministra, porque además trabajan en silencio, y no se sabe qué estima más ella, si el apoyo a los más necesitados o que se callen.

Supongo que la ministra considera que, pese a los datos,  no basta toda esa labor para acreditar la suficiente autoridad moral (estoy ironizando). O porque la autoridad moral, según ella, le pertenece en exclusiva a quienes piensan como ella, a las clínicas abortistas y a las grandes compañías farmaceúticas.

La Iglesia está más cerca de la autofinanciación: los ingresos por el IRPF suponen un 25% frente al 50% de aportaciones directas de los fieles y otros ingresos. Pero ese 25%, como el dinero que destinamos a financiar el 60% o más del partido de la ministra, no sale de los bolsillos del Gobierno, sino de los nuestros. Con una diferencia: a la Iglesia se lo damos porque nos da la gana. También para que hable.

Personajes y tuneladoras

GuadarramaLeopoldo Abadía sobre el caso Cristiano Ronaldo

“(…)Mi amigo me dijo que con esa cantidad se podrían comprar tres tuneladoras y que aún sobraría un poco para una turbina pequeña.
Y vi claro que el Presidente del Madrid ha comprado eso, tres tuneladoras y una turbinita. Lo que pasa es que las tres tuneladoras y la turbinita están en forma de chico majo que conoce a Paris Hilton. Pero, al fin y al cabo, tres tuneladoras y una turbinita.

Y a esas máquinas hay que sacarles partido. Lo que pasa es que a una tuneladora le sacas partido cuando tunela y a una turbinita cuando produce electricidad, aunque sea poca. Y algún ingenuo podría pensar que si esta máquina se llama “jugador de fútbol” se le debería sacar partido jugando al fútbol.

¡Craso error!”. Esta tuneladora hace otras cosas

1.Vende  camisetas.

2.Sirve de modelo.

3.Hace spots publicitarios (cosa que, dada mi experiencia, tampoco es para tanto).

4.Hace que las cadenas de televisión paguen mucho por los partidos en los que él juegue.

5.Es una pieza importante en las giras que haga su equipo por el mundo.

Sí, ya sé lo que me diréis: ¿Y si mete un gol?

El socialismo como problema europeo Publicado por GEES

Las instituciones deberían tomar nota, por una vez, del desencanto, y dejar de empeñarse con lo superfluo. A Europa no le hacen falta nuevos textos, sino cumplir los antiguos. Dar plenitud a las cuatro libertades fundamentales es además de una exigencia jurídica una necesidad económica. Quizá alguien debiera proponer que se devuelvan los 18 millones de euros que costó la ineficaz campaña para estimular el voto. O proponer no cubrir la parte del Parlamento no respaldada por votante alguno: 57% de abstención significa que más de 350 diputados pueden dejar sus escaños vacíos en los próximos cinco años. Piénsese. Menos es más. Si el vencedor de las elecciones ha sido el rechazo a las instituciones, tras una catastrófica legislatura que ha oscilado entre la imposición de la Constitución, la del tratado de Lisboa y la renuncia a sus responsabilidades, el perdedor ha sido el socialismo. Esto es especialmente grato -siempre lo es la derrota de la voracidad institucionalizada y de las políticas de empobrecimiento masivo-, porque el socialismo lleva unos años creyendo que Europa es suya. Al menos la Europa institucional. Ya saben, “los primeros en Europa”, “el corazón de Europa”… A ZP lo vigilaremos de cerca, porque la conjunción planetaria de su derrota en España y la del socialismo en Europa, lo deja en franca debilidad cara a su presidencia del 2010. En Inglaterra, Holanda y Francia el socialismo pasa al tercer puesto, con los peores resultados desde no se sabe cuándo. En Alemania no supera el 20%. Las elites europeas -mayoritariamente socialistas- habían decidido hacer demagogia y populismo para lograr votos: el establishment comunitario se las prometía muy felices. El socialismo, con su tentación totalitaria, pensó que el carácter elitista y el compadreo de las instituciones le hacía el heredero natural de una UE desnaturalizada de sus principios, campo abonado para sus experimentos de dominación social. Han cosechado lo que han sembrado. Su momentáneo retroceso es bienvenido para quienes ven en Europa una comunidad de intereses, valores y tradiciones. El rechazo es especialmente oportuno cuando llevamos nueve meses de políticas más o menos keynesianas (en realidad dirigistas y de aumento de deuda pública). Recuérdese el lema del otoño: “hay que hacer algo y hay que hacer algo ahora”. Incluso del otro lado del Atlántico, la máquina de hacer eslóganes de Obama se presentaba como FUN: “The Fierce Urgency of Now”, “La fiera urgencia del ahora”, signifique lo que signifique. Su éxito ha sido “rotundo” para ese corto plazo que se presentaba como crucial: paro creciente, PIB decreciente. En fin, el fun fun fun de la zambomba laica no ha llegado a ser tal y las diversiones son escasas. Ya está aquí el largo plazo. De pronto, el concreto modelo de Estado de Bienestar europeo ya no es objeto de debate. No se pondera si es útil o necesario, no se estudia su conveniencia desde el punto de vista del incentivo o su eficacia. Simplemente no nos lo podemos permitir. Se está a tiempo de volver a hacer de Europa un continente serio: el que se puso a trabajar reconciliado, liberando sus intercambios y su comercio después de la II Guerra Mundial. Para el liberal-conservadurismo, tirar las campanas al vuelo por no haber reeditado 150 años después el manifiesto comunista, es poco consuelo. Queda mucho socialismo posmoderno -política e intelectual- por desmantelar. La prueba: la auténtica crisis que subyace, la espiritual, sigue bien presente. No se avizora todavía en qué conjunción estelar estará la respuesta, pero no es la constelación socialista. Es la de los principios, valores y tradiciones europeos. Impreso desde Fundación Burke: http://www.fundacionburke.org URL de la página: http://www.fundacionburke.org/2009/06/17/el-socialismo-como-problema-europeo/

El mito del hombre nuevo

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Dalmacio Negro, catedrático emérito de Ciencia Política, rastrea en este ensayo la génesis conceptual del mito del hombre nuevo y lo hace recurriendo a la historia del pensamiento moderno y contemporáneo. Resulta particularmente interesante detectar el origen filosófico de ciertas ideas y desmontarlas para advertir las deficiencias de sus presupuestos, sus prejuicios e incluso los errores que, de una u otra forma, han pasado a convertirse en dogmas de la posmodernidad.

La tesis del libro es que el proceso de secularización de la modernidad ha transformado la política en una suerte de religión secular. En sus inicios, se sacralizaron las potencialidades racionales del hombre y éste confió al Estado y al poder sus preocupaciones de salvación. Sin embargo, tras la Ilustración y el fracaso de los ideales revolucionarios, el romanticismo generalizó la desconfianza sobre la capacidad del hombre real y comenzó a fraguarse el mito de la regeneración de la humanidad por medio del saber y de la ciencia.

Según Negro, la religiosidad secular no sólo ha contribuido a la proliferación de utopías y supersticiones cientificistas –desde el comunismo hasta el transhumanismo–, sino que también ha reducido el valor de la tradición y abogado exclusivamente por el progreso, con independencia de lo que éste suponga.

Es irónico, en cualquier caso, que cuando el pensamiento rechaza la idea de un absoluto trascendente, el resultado sea inexorablemente la absolutización de las entidades inmanentes.

Desde el punto de vista de la filosofía política, las consecuencias han llevado a entronizar en el espacio público tópicos e ideas que se consideran irrefutables. La cultura de la sociedad se ha dividido así en dos partes incompatibles, la de quienes están a favor del hombre real y la de quienes se han sumado a la moda del hombre nuevo.

El mito del hombre nuevo es un ensayo de filosofía política en el que se detectan las raíces intelectuales de lo políticamente correcto, pero constituye también una magnífica radiografía del estado de la discusión ideológica contemporánea.

Autor: Dalmacio Negro Pavón

Firmado por Josemaría Carabante
Fecha: 10 Junio 2009

Sobre el futuro de esta civilización

mesoamerica6No contento con la anotación puntual de lo que ocurre, el ser humano tiende, más o menos intermitentemente, a buscar un sentido. Nos interesa saber qué le ocurre a nuestra civilización y qué puede sucederle aún.

Hay autores que poseen la capacidad de dar un diagnóstico, a la vez general y profundo –que no abstracto– sobre la evolución histórica, con sus consecuencias en el arte, la ciencia, la sensibilidad, la cultura. Uno de esos autores fue el vienés Herman Broch (1886-1951). En el posfacio que escribió, en los últimos años de su vida, al libro de Rachel Bespallof De la Ilíada (1), de 1947, se puede leer una de esas reflexiones que clarifican tanto la historia como la situación actual. Bespaloff y Broch eran judíos. Broch se convirtió al catolicismo en su juventud, sin perder nunca la fidelidad a la patria hebrea.

Broch parte de un presupuesto básico, algo que, con otras palabras, es aceptado generalmente: “La civilización, pese a sus aspectos prácticos, se revela a sí misma como un mito que todo lo coordina, expresado en un particular vocabulario de actitudes y acciones humanas que se han vuelto convencionales y que, justamente por esa misma razón, constituyen un sistema general (y religioso) de valores estructuralmente simbólico del universo. Los grandes periodos culturales y sus estilos –de los que los estilos artísticos son solo una de sus facetas– se caracterizan por la validez de sus sistemas religiosos de valores. Se trata de ‘sistemas cerrados’, sistemas que no pueden ser ampliados, sino sólo destruidos y sustituidos por otros mediante la revolución”.

Para Broch, el mundo actual, debido a la pérdida de centralidad religiosa, ha entrado en una época en la que cada valor entra en conflicto con los demás e intenta dominarlos a todos

A lo que Broch llama mito otros han designado como “paradigma”, “modelo total”, o simplemente “cultura”. Hay en cualquier etapa histórica una constelación de ideas, creencias, actitudes, respuestas que funciona como el ámbito general, influyente y a veces determinante de lo que se piensa, de lo que se dice y de lo que se hace.

La revolución protestante

Para el pensador vienés las cosas en Europa empezaron a “revolucionarse” con la irrupción protestante: “A los ojos de la Iglesia (católica) la revuelta protestante constituyó el primer episodio de la destrucción de la unidad cristiana occidental, el primer paso hacia la secularización herética del intelecto humano. Y así sucedió. En proceso irreversible, que se propaga desde el siglo XIX hasta el siglo XX, la estructura de valores occidentales perdió su centro cristiano”.

Este largo periodo de pérdida es denominado por Broch romanticismo, no como simple categoría artística, sino cultural. “La característica fundamental del romanticismo es la necesidad de construir el universo a partir de cada caso particular y, por supuesto, de cada alma humana. Este procedimiento romántico no se hubiera producido sin la preparación del protestantismo, según cuyos principios el alma del hombre se vincula directamente al universo y a Dios”, es decir, el principio del libre examen.

El protestantismo, sin dejar de creer en Dios, reclama para el hombre la máxima autonomía respecto al Creador (no tanto la libertad, que es otra cosa). Durante siglos los valores que están a la vez dentro y por encima del hombre, y cuyo origen es Dios, formaban un universo de sentido, en el que el ser humano encontraba su lugar y su raíz. Con el protestantismo y el romanticismo se defiende que es el hombre el que concede y crea el valor.

La deriva del romanticismo

El romántico y los artistas posteriores que son sus herederos (“todos somos románticos”, decía Rubén Darío) se ven como dueños del universo pero, a la vez, con una inseguridad congénita, porque todo depende de cada uno, con lo que se crea una diversidad y un antagonismo que excluye ya las certezas fuertes. “Contagiado por esta inseguridad fundamental, el artista romántico adopta la actitud nostálgica que le es propia y que refleja su añoranza de la unidad religiosa del pasado (…) El romántico, en su nostalgia, vuelve al catolicismo, para encontrar refugio en la Iglesia”.

Así se explica ese retorno a la Edad Media y, en general, la atracción hacia la sensibilidad católica. Es claro ejemplo de eso, en Alemania, Novalis; en Italia, el converso Alessandro Manzoni; en Inglaterra, las simpatías de Walter Scott por el catolicismo: fue precisamente el autor de Ivanhoe, el que diagnosticó en Lord Byron, y se lo dijo, una sensibilidad más cercana al catolicismo, y de hecho el poeta inglés quiso que una de sus hijas se educara en esa fe. Pero esos casos particulares no dieron origen a un nuevo universo de valores compartidos y, en consecuencia, tanto el arte como la cultura occidental entraron en un proceso de atomización, aunque quizá fuera más apropiado llamarlo de desintegración.

“No hay que volver a insistir –escribe Broch a mediados del siglo XX– en que el mundo actual, debido a la pérdida de centralidad religiosa, al menos en Occidente, ha entrado en una época de absoluta desintegración de valores, un estado en el que cada valor entra en conflicto con los demás e intenta dominarlos a todos. Los resultados apocalípticos de las dos últimas décadas no son más que el resultado inevitable de tal disolución”. Basta pensar en las dos guerras mundiales, en el nazismo y sus víctimas, en el comunismo y las suyas.

La dialéctica del escombro

En esa situación de desintegración, el romanticismo cultural no tiene más remedio que aliarse con lo empírico o con visiones particulares, y de ahí las llamadas vanguardias, desde el impresionismo hasta hoy, donde el nombre sugiere una perpetua huida hacia delante, ya que se carece de un universo de sentido. Broch piensa que esa es la causa del descrédito en que ha quedado el verdadero arte: no para el público (“consume lo que se le ofrece”), no para los pseudoartistas (“que aceptan el éxito como prueba de su calidad”), sino para “los escasos artistas geniales y quienes saben que el arte que no refleja la totalidad del mundo no es arte”.

Broch, a mediados del siglo XX, era bastante pesimista para el futuro, aunque, en teoría, siempre cabe esperar la irrupción de otro “mito”, “modelo” o “paradigma” que sea una visión estructural y completa del universo humano. Pero, en estos niveles, nadie puede decir nada sobre el futuro. En cualquier caso, vivimos desde hace tiempo en un mundo paradójico, globalizado económica e informativamente, pero fragmentado en lo que se refiere a los valores. No es extraño, por eso, que se viva entre escombros morales.

Si el modernismo se fundaba en la centralidad de la singular –individualista– experiencia humana para la creación de valores, después de asistir a la ruina de los mitos fundados en eso (comunismo, nazismo, liberalismo, tecnologismo), se abandona cualquier proyecto global de sentido, cualquier entendimiento simbólico del universo, pero no el individualismo, que es casi lo único que queda. A eso se le llama posmodernidad, aunque el nombre es lo de menos. En cualquier caso, es una civilización en la que el Todo es el fragmento o donde cada fragmento se autoconsidera el Todo.

Entender esto permite comprender por qué las ideologías políticas –de izquierda a derecha– han abandonado sus antiguas posiciones y las han transformado de acuerdo con esta dialéctica del escombro, que es la posmodernidad. Pero eso es ya otro tema.
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NOTAS

(1) Rachel Bespallof. De la Ilíada. Minúscula. Barcelona (2009). 120 págs. 13,50 €. Ver Aceprensa 40/09 (10-06-2009).

Firmado por Rafael Gómez Pérez
Fecha: 10 Junio 2009

Los otros Guantánamos

Mientras Barack Obama se esfuerza por cerrar la prisión de Guantánamo, que tanto ha dañado la imagen de EE.UU. en el mundo, otros sistemas de detención indefinida sin juicio siguen vigentes en países como Israel y China, aunque poco se hable de ellos.

De los 775 prisioneros que han pasado por Guantánamo, acusados de tener vínculos con Al Qaeda o los talibanes, quedan 240 encarcelados. Solo hay cargos por el momento contra 21, que serán juzgados en tribunales de EE.UU. Para los demás que no sean juzgados, se están buscando países dispuestos a acogerlos. El preso más joven, el chadiano Mohamed el Gharaní, detenido cuando tenía 14 años, ha sido liberado tras permanecer siete años cautivo.

Si Guantánamo va camino del cierre, otros sistemas semejantes siguen plenamente en vigor. La detención administrativa indefinida sin presentar cargos contra el detenido es una práctica contraria a las declaraciones de Derechos Humanos, pero se aplica por parte de las autoridades militares israelíes contra los detenidos palestinos.

Desde el inicio de la segunda Intifada en septiembre de 2000, ha habido una media de más de 800 detenciones administrativas al año contra palestinos. Actualmente hay unos 540 palestinos detenidos en esta situación.

En los territorios palestinos ocupados rigen las disposiciones militares, por encima de la legislación civil israelí y de la legislación internacional.

Bajo la regulación militar israelí, un palestino puede ser detenido y mantenido en custodia hasta 8 días sin ser presentado ante un juez (un ciudadano israelí tiene que ser llevado ante un juez antes de 48 horas). Después, el juez puede prolongar el periodo de interrogatorios por 30 días, que pueden ser ampliados hasta seis meses. Luego el detenido puede ser sometido a juicio o a régimen de detención administrativa.

En caso de detención administrativa, el detenido y su abogado hacen frente a cargos basados en pruebas secretas, establecidas por los servicios de inteligencia. Los abogados mantienen que en esas condiciones es imposible defender a sus clientes. El detenido puede recurrir ante un tribunal militar, pero la confidencialidad del material en que se basa la acusación hace inoperante el recurso.

La orden de detención administrativa contra ellos puede ser renovada indefinidamente por el juez militar cada seis meses. No saben cuándo serán liberados. En algunos casos han pasado varios años en prisión sin juicio y sin saber por qué ha sido detenidos.

La mayor parte de los detenidos están en campos de prisión militares (Ketziot, Ofer, Beituniya y Kfar Yuna), en tiendas de campaña, en condiciones climáticas extremas.

Como todos los centros de detención, excepto uno, están en territorio del Estado de Israel, los familiares de los detenidos han de pedir un permiso especial para entrar en Israel, que no es fácil de obtener. Luego tienen que superar todos los check-points, barreras militares y policiales que dificultan la libertad de movimientos de los palestinos.

La asociación Addameer, de apoyo a los presos políticos, lanzó el pasado marzo una campaña para acabar con el uso de la detención administrativa por parte de Israel. “Todos los detenidos deberían ser acusados de delitos concretos, juzgados en un tribunal de justicia apropiado, de acuerdo con criterios para un juicio justo aceptados internacionalmente. A falta de suficientes pruebas contra ellos, deberían ser liberados inmediatamente”, afirma el abogado Sahar Francis, presidente general de la asociación Addameer.

Laogai en China

Otro sistema de detención sin juicio es el que se aplica en China, en este caso para sus propios ciudadanos. El sistema de campos de reeducación Laogai comenzó en los años 50 a imitación del Gulag soviético. Muchos de los prisioneros han sido encarcelados por delitos comunes, aunque es difícil que hayan tenido un juicio justo, ya que en general hay poco respeto por el imperio de la ley. Pero en muchos otros casos están ahí por motivos políticos, acusados de “subvertir el poder del Estado” o “revelar secretos de Estado”. La definición de estos delitos es tan amplia e imprecisa que cualquier disidencia política puede ser así calificada.

Un componente del sistema Laogai es el Laojiao (reeducación a través del trabajo) que se aplica a pequeños delitos y que permite hasta tres años de detención administrativa sin cargos formales ni juicio. A menudo se emplea también contra disidentes políticos y religiosos, sin necesidad de condena.

Además de cumplir una función represiva, el sistema Laogai tiene también una importante función económica. Muchos de esos campos operan como una empresa comercial, que no paga salarios y puede producir a muy bajo coste artículos competitivos para la exportación.

Aunque el gobierno chino considera un secreto las estadísticas sobre estos campos, la Laogai Research Foundation, que denuncia este sistema, ha identificado 1.422 campos (669 prisiones y 319 campos de reeducación por el trabajo). Warry Wu, presidente de esta fundación, ha publicado el libro Vientos amargos en el que cuenta su experiencia de casi veinte años en diferentes campos del Laogai (ver Aceprensa 4-06-2008).

Con motivo del 60 aniversario de la declaración de Derechos Humanos, un grupo de trescientos intelectuales publicó en Internet el pasado diciembre un manifiesto en que reclamaban el respeto de las libertades en su país y proponían distintas reformas políticas. La llamada Carta 08 proponía, entre otras cosas, abolir el sistema de “Reeducación a través del trabajo” (cfr. Aceprensa 15-12-2008).

Firmado por Aceprensa
Fecha: 15 Junio 2009

La viuda de Demetrio

Unamuno

Conocí una cierta viuda, afligida de serlo, pero admirablemente vividora, y hasta filósofa, con la más honda filosofía de la viudez.

Faltábale el consuelo de los hijos, pues su marido no se los había dejado, de manera que en ellos se reprodujese. Pero, aunque sin hijos, no por eso dejó de encontrar un muy elevado y muy sutil consuelo a la aflicción de su temprana viudez.
Y digo temprana, porque había enviudado a los veintisiete años, aunque yo no la conocí sino cuando pasaba ya de los sesenta y siete; esto es, cuarenta años después.

—Cuando ocurrió aquella inesperada desgracia —me decía—; cuando me vi de repente sin marido, de una manera trágica y a los dos años escasos de matrimonio, que fueron una continua luna de miel, creí morirme. Es más, aun deseé morirme, pedí a Dios la muerte, con toda la fuerza de mi alma, para ir a reunirme cuanto antes con mi adorado Demetrio, y si me dejo llevar del demonio, enemigo de la vida, me suicido.

—¿Y no se suicidó usted? —la pregunté.

—No, ya lo ve usted.

—Tiene usted razón; ya caigo —respondí.

—No me suicidé, y hasta encontré bien pronto un soberano consuelo a mi aflicción y un motivo de vivir.

—¡Ah, un motivo de vivir! —exclamé—. ¿Y para qué vive usted?

—Pues, vivo para encomendar a Dios el alma de mi Demetrio y aplicarle mis merecimientos por la gracia del Señor. Y así, cuantos más años viva, más servicios puedo rendir a su pobre alma. Porque ya sabrá usted que, una vez muertos, nada podemos hacer por nuestros muertos; hay que estar viva para hacer por ellos.

—¡Consoladora doctrina! —exclamé, sin poderme contener.

—Y, además —añadió la afligida viuda—, gozo un singular placer, cual es el de esperar el día en que vaya a reunirme con mi Demetrio. Esta esperanza es un verdadero deleite.

—Así lo creo, señora —contesté—. Esperar morirse y desearlo, y vivir gozándose en esa esperanza y ese deseo, ha de ser mucho mejor que morirse de una vez y de verdad. Porque una vez muerto, no le queda a uno, me parece, el goce de la esperanza de dejar esta vida miserable.

—Así parece —dijo pensativa, la larga viuda de Demetrio.

—Ya dijo, señora, el gran Leopardi, a quien usted conoce…

—Sí que conozco sus obras, en efecto, y me han consolado no poco…

—Ya dijo, pues, Leopardi, que el mejor día es el sábado y que no debe a uno importarle que no le llegue el domingo. Hay que vivir en víspera; cuanto más larga mejor.

—Además, amigo D. Miguel —me dijo la viuda—, yo me preparo para una buena muerte, para una muerte que me permita unirme de nuevo a mi difunto Demetrio, y toda preparación me parece poca y corta. Cuanto más larga mejor.

—Además, así —le contesté— se prolonga el deleite de la espera. Ya habrá usted observado, señora, qué cuando le dan un exquisito pastel a un niño, si éste es torpe y grosero se lo devora al momento y casi sin mascarlo, se lo traga; pero si es de gusto delicado, lo está contemplando largo rato haciéndole la rosca, inspeccionándolo y circunspeccionándolo …

—¿Que distinción es ésa? —me preguntó.

Y yo, que había soltado esas dos palabras para que me preguntase por su distinción y cambiar así de tema, con objeto de hacer la conversación más amena y esperar más divertidamente a que se acabara, le dije:

—Cuando se inspecciona una cosa, señora, el sujeto inspeccionador se está quieto y hace dar vueltas al objeto inspeccionado, para poder verlo por sus caras todas; mientras que cuando se trata de un objeto al que no podemos voltearlo, hay que ir uno mismo, el sujeto, a su alrededor y circunspeccionarlo. Así, cabe inspeccionar un caballo o una manzana, pero a una torre o una montaña es menester circunspeccionarla.

—¡Es bonito!

—Muy bonito, señora. Y así, el niño juicioso inspecciona y circunspecciona el pastel, y, si es soberanamente juicioso, lo guarda y no se lo come.

—Así tengo yo una amiga, viuda como yo, aunque no tantos años —me dijo—, que guarda, hace más de treinta, en un armario, los dulces de la boda.

—Y hace bien, señora; hace muy bien. Y supongo que se hará enterrar con ellos, como no se los reserve para que con ellos se rompan las primeras muelas sus nietos. Estos dulces fósiles tienen un singular encanto.

—¡Ay, los dulces fósiles! —suspiró la viuda de Demetrio, añadiendo—: ¿Y de las amarguras fósiles, qué me dice usted, amigo D. Miguel?

—De esas le digo, señora —y al decir esto, mi voz tomó un acento profético y solemne—, que el supremo arte de la vida es el de divertirse con el dolor.

Y entonces, en última confidencia ya, me confió la viuda de Demetrio que había querido guardar en un lacrimatorio las lágrimas que a la muerte de su marido derramó, en la esperanza de que cristalizaran en perlas; pero se le habían evaporado, dejando un imperceptible sedimento, un invisible poso de sales.

—Esta es la sal de la tierra —le dije—, sal de lágrimas. Y si por ella no fuera, seríanos insípida y sosa la vida.

—Hay que pasarla a ratos… —empezó a decir la filosófica viuda.

Y yo la atajé diciendo:

—No; no, señora; algo más. Hay que aprender a divertirse con el dolor. Y vivir mucho, para poder gozar más tiempo de la dulce esperanza de la muerte. Ya dijo Galileo, señora, que “quien se despoja de la vida, prívase, al mismo punto, de poder lamentarse de esa o de otra pérdida”.

—¡Profunda sentencia! —exclamó la filosófica viuda, y volviendo su filosófica mirada al retrato de su difunto marido, debió pensar que éste no había envejecido, como ella, y que se encontrarían con cuarenta años de diferencia; miróme luego, revoloteó una sonrisa agridulce por su boca, a la vez que un fruncimiento dulciagrio por su ceño, y, al despedirse, me dijo:
—Vaya, voy a encomendar a Dios a mi marido.

—Dios le dé salud y larga vida para encomendarlo —le dije, y me salí.

Si adoptaran la filosofía de esta viuda modelo todos los viudos y viudas que son, que han sido —esto de haber sido viudo tiene su misterio— y que serán, y lo mismo de una persona que de una idea, pronto se vería que eso que llaman por ahí pesimismo es lo más divertido que hay.

Publicado en el periódico “Mundo Gráfico“, Madrid, 22-5-1912
Recopilado en “De esto y de aquello“, tomo IV.

Diálogo entre Iván y Alioscha De "Los hermanos Karamazov"

Diálogo de Iván y Aliosha Karamazov
De “Los hermanos Karamazov”

— … ¿Por qué te inquieta tanto que me vaya? —dijo Iván—. Todavía nos queda mucho tiempo, casi una eternidad.

—¿Una eternidad, marchándote mañana?

—Eso no importa. Nos sobrará tiempo para tratar del asunto que nos interesa. ¿Por qué me miras con esa cara de asombro? Respóndeme a esto: ¿para qué nos hemos reunido aquí? ¿Para hablar del amor de Catalina Ivanovna, del viejo o de Dmitri? ¿Para hacer comentarios sobre la política extranjera, la desastrosa situación de Rusia, o el emperador francés? ¿Nos hemos reunido para esto?

—No.

—Entonces ya sabes para qué nos hemos reunido. Somos dos candorosos jovenzuelos cuya única finalidad es resolver las cuestiones eternas. Actualmente, toda la juventud rusa se dedica a disertar sobre estos temas, mientras los viejos se limitan a tratar de cuestiones prácticas. ¿Para qué me has estado observando durante tres meses sino para preguntarme si tenía fe o no? Esto es lo que decían tus miradas, Alexei Fiodorovitch, ¿verdad?

—Bien podría ser —dijo Aliocha sonriendo—. Pero oye: ¿no te estás burlando de mí?

—¿Burlarme de ti? Por nada del mundo causaría un pesar a un hermano que me ha estado escudriñando ansiosamente durante tres meses. Aliocha, mírame a los ojos. Soy un jovenzuelo como tú. La única diferencia es que tú eres novicio y yo no. ¿Cómo procede la juventud rusa o, por lo menos, buena parte de ella? Va a un cafetucho caliente, como éste, y se agrupa en un rincón. Estos jóvenes no se habían visto antes y estarán cuarenta años sin volverse a ver. ¿De qué hablan en el rato que pasan juntos? Sólo de cuestiones importantes: de si Dios existe, de si el alma es inmortal. Los que no creen en Dios hablan del socialismo, de la anarquía, de la renovación de la humanidad, o sea, de las mismas cuestiones enfocadas desde otros puntos de vista. Buena parte de la juventud rusa, la más singular, está fascinada por estas cuestiones, ¿no es verdad?

—Sí; para los verdaderos rusos, la existencia de Dios, la inmortalidad del alma, o, como tú has dicho, estas mismas cuestiones enfocadas desde otros puntos de vista, están en primer término. Afortunadamente.

Y al decir esto, Aliocha miraba a su hermano escrutadoramente y le sonreía.

—Aliocha, ser ruso no significa siempre ser inteligente. No hay nada más necio que las ocupaciones actuales de la juventud rusa. Sin embargo, hay un adolescente ruso que merece todo mi afecto.

—¡Qué bien has expuesto la cuestión! —dijo Aliocha riendo.

—Bien, dime por dónde debemos empezar. ¿Por la existencia de Dios?

—Como quieras. También puedes empezar por el otro punto de vista. Ayer afirmaste que Dios no existe.

Y Aliocha fijó su mirada en la de su hermano.

—Lo dije para irritarte. Vi como relampagueaban tus ojos. Pero ahora estoy dispuesto a hablar en serio contigo, pues no tengo amigos y quiero tener uno. Iván se echó a reír y añadió:

—Admito que es posible que Dios exista. No lo esperabas, ¿verdad?

—Desde luego. A menos que hables en broma.

—Nada de eso. Aunque ayer, al reunirnos con el starets, se creyera que no hablaba en serio. Oye, querido Aliocha: en el siglo dieciocho hubo un pecador que dijo: Si Dieu n’existait pas, il faudrait l’inventer. En efecto, es el hombre el que ha inventado a Dios. Lo asombroso es, no que Dios exista, sino que esta idea de la necesidad de Dios acuda al espíritu de un animal perverso y feroz como el hombre. Es una idea santa, conmovedora, llena de sagacidad y que hace gran honor al hombre.
En lo que a mí concierne, ya hace tiempo que he dejado de preguntarme si es Dios el que ha creado al hombre o el hombre el que ha creado a Dios. Desde luego, no pasaré revista a todos los axiomas que los adolescentes rusos han deducido de las hipótesis europeas, pues lo que en Europa es una hipótesis se convierte en seguida en axioma para nuestros jovencitos, y no sólo para ellos, sino también para sus profesores, que suelen parecerse a los alumnos.
Así, yo renuncio a todas las hipótesis y me pregunto cuál es nuestro verdadero designio. El mío es explicar lo más rápidamente posible la esencia de mi ser, mi fe y mis experiencias. Por eso me limito a declarar que admito la existencia de Dios. Sin embargo, hay que advertir que si Dios existe, si verdaderamente ha creado la tierra, la ha hecho, como es sabido, de acuerdo con la geometría de Euclides, puesto que ha dado a la mente humana la noción de las tres dimensiones, y nada más que tres, del espacio. Sin embargo, ha habido, y los hay todavía, geómetras y filósofos, algunos incluso eminentes, que dudan de que todo el universo, todos los mundos, estén creados siguiendo únicamente los principios de Euclides. Incluso tienen la audacia de suponer que dos paralelas, que según las leyes de Euclides no pueden encontrarse en la tierra, se pueden reunir en otra parte, en el infinito.
En vista de que ni siquiera esto soy capaz de comprender, he decidido no intentar comprender a Dios. Confieso humildemente mi incapacidad para resolver estas cuestiones. En esencia, mi mentalidad es la de Euclides: una mentalidad terrestre. ¿Para qué intentar resolver cosas que no son de este mundo? Te aconsejo que no te tortures el cerebro tratando de resolver estas cuestiones, y menos aún el problema de la existencia de Dios. ¿Existe o no existe? Estos puntos están fuera del alcance de la inteligencia humana, que sólo tiene la noción de las tres dimensiones. Por eso yo admito sin razonar no sólo la existencia de Dios, sino también su sabiduría y su finalidad para nosotros incomprensible. Creo en el orden y el sentido de la vida, en la armonía eterna, donde nos dicen que nos fundiremos algún día. Creo en el Verbo hacia el que tiende el universo que está en Dios, que es el mismo Dios; creo en el infinito. ¿Voy por el buen camino?
Imagínate que, en definitiva, no admita este mundo de Dios, aunque sepa que existe. Observa que no es a Dios a quien rechazo, sino a la creación: esto y sólo esto es lo que me niego a aceptar. Me explicaré: puedo admitir ciegamente, como un niño, que el dolor desaparecerá del mundo, que la irritante comedia de las contradicciones humanas se desvanecerá como un miserable espejismo, como una vil manifestación de una impotencia mezquina, como un átomo de la mente de Euclides; que al final del drama, cuando aparezca la armonía eterna, se producirá una revelación tan hermosa que conmoverá a todos los corazones, calmará todos los grados de la indignación y absolverá de todos los crímenes y de la sangre derramada. De modo que se podrá no sólo perdonar, sino justificar todo lo que ha ocurrido en la tierra. Todo esto podrá suceder, pero yo no lo admito, no quiero admitirlo. Si las paralelas se encontraran ante mi vista, yo diría que se habían encontrado, pero mi razón se negaría a admitirlo.
Ésta es mi tesis, Aliocha. He comenzado expresamente nuestra conversación del modo más tontó posible, pero la he conducido a mi confesión, pues sé que es esto lo que tú esperas. No es el tema de Dios lo que te interesa, sino la vida espiritual de tu querido hermano.

lván acabó su discurso con una emoción singular, inesperada.

—¿Por qué has empezado «del modo más tonto posible»? —preguntó Aliocha, mirándolo pensativo.

—En primer lugar, por dar a la charla un tono típicamente ruso. En Rusia las conversaciones sobre este tema se inician siempre tontamente. Pero muy pronto la tontería llega al fin y desemboca en la claridad. La tontería deja la astucia y adquiere concisión, mientras que el ingenio empieza a dar rodeos y se esconde. El ingenio es innoble; en la tontería hay honradez. Cuanto más estúpidamente confiese la desesperación que me abruma, mejor para mí.

—¿Quieres explicarme por qué « no admites el mundo»?

—Desde luego. Esto no es ningún secreto, y te lo iba a explicar. Hermanito, mi propósito no es pervertirte ni quebrantar tu fe. Al contrario, lo que deseo es purificarme con tu contacto.

Iván dijo esto con una sonrisa infantil. Aliocha no le había visto nunca sonreír de este modo.
Cap IV — Rebeldía

—Voy a hacerte una confesión —empezó a decir Iván—. Yo no he comprendido jamás cómo se puede amar al prójimo. A mi juicio es precisamente al prójimo a quien no se puede amar. Por lo menos, sólo se le puede querer a distancia. No sé dónde, he leído que «San Juan el Misericordioso», al que un viajero famélico y aterido suplicó un día que le diera calor, se echó sobre él, lo rodeó con sus brazos y empezó a expeler su aliento en la boca del desgraciado, infecta, purulenta por efecto de una horrible enfermedad. Estoy convencido de que el santo tuvo que hacer un esfuerzo para obrar así, que se engañó a sí mismo al aceptar como amor un sentimiento dictado por el deber, por el espíritu de sacrificio. Para que uno pueda amar a un hombre, es preciso que este hombre permanezca oculto. Apenas ve uno su rostro, el amor se desvanece.

—El starets Zósimo ha hablado muchas veces de eso —dijo Aliocha—. Decía que las almas inexpertas hallaban en el rostro del hombre un obstáculo para el amor. Sin embargo, hay mucho amor en la humanidad, un amor que se parece algo al de Cristo. Lo sé por experiencia, Iván.

—Pues yo no lo conozco todavía y no lo puedo comprender. Hay muchos en el mismo caso que yo. Hay que dilucidar si esto procede de una mala tendencia o si es algo inseparable de la naturaleza humana. A mi juicio, el amor de Cristo a los hombres es una especie de milagro que no puede existir en la tierra. Él era Dios y nosotros no somos dioses. Supongamos, para poner un ejemplo, que yo sufro horriblemente. Los demás no pueden saber cuán profundo es mi sufrimiento, puesto que no son ellos los que lo sufren, sino yo. Es muy raro que un individuo se preste a reconocer el sufrimiento de otro, pues el sufrimiento no es precisamente una dignidad.
¿Por qué ocurre así? ¿Tú qué opinas? Tal vez sea que el que sufre huele mal o tiene cara de hombre estúpido. Por otra parte, hay varias clases de dolor. Mi bienhechor admitirá el sufrimiento que humilla, el hambre por ejemplo, pero si mi sufrimiento es elevado, como el que procede de una idea, sólo por excepción creerá en él, pues, al observarme, verá que mi cara no es la que su imaginación atribuye a un hombre que sufre por una idea. Entonces dejará de protegerme, y no por maldad. Los mendigos, sobre todo los que no carecen de cierta nobleza, deberían pedir limosna sin dejarse ver, por medio de los periódicos. En teoría, y siempre de lejos, uno puede amar a su prójimo; pero de cerca es casi imposible. Si las cosas ocurrieran como en los escenarios, en los ballets, donde los pobres, vestidos con andrajos de seda y jirones de blonda, mendigan danzando graciosamente, los podríamos admirar. Admirar, pero no amar…
Basta ya de esta cuestión. Sólo pretendía exponerte mi punto de vista. Te iba a hablar de los dolores de la humanidad en general, pero será preferible que me refiera exclusivamente al dolor de los niños. Mi argumentación quedará reducida a una décima parte, pero vale más así. Desde luego, salgo perdiendo. En primer lugar, porque a los niños se les puede querer aunque vayan sucios y sean feos (dejando aparte que a mí ningún niño me parece feo). En segundo lugar, porque si no hablo de los adultos, no es únicamente porque repelen y no merecen que se les ame, sino porque tienen una compensación: han probado el fruto prohibido, han conocido el bien y el mal y se han convertido en seres “semejantes a Dios”. Y siguen comiendo el fruto. Pero los niños pequeños no han probado ese fruto y son inocentes.
Tú quieres a los niños, Aliocha. Sí, tú quieres a los niños, y, como los quieres, comprenderás por qué prefiero hablar sólo de ellos. Ellos también sufren, y mucho, sin duda para expiar la falta de sus padres, que han comido el fruto prohibido… Pero estos razonamientos son de otro mundo que el corazón humano no puede comprender desde aquí abajo. Un ser inocente no es capaz de sufrir por otro, y menos una tierna criatura. Aunque te sorprenda, Aliocha, yo también adoro a los niños. Observa que entre los hombres crueles, dotados de bárbaras pasiones, como los Karamazov, abundan los que quieren a los niños. Hasta los siete años, los niños se diferencian extraordinariamente de los hombres. Son como seres distintos, de distinta naturaleza.
Conocí un bandido, un presidiario, que había asesinado a familias enteras, sin excluir a los niños, cuando se introducia por las noches en las casas para desvalijarlas, y que en el penal sentía un amor incomprensible por los niños. Observaba a los que jugaban en el patio y se hizo muy amigo de uno de ellos, que solía acercarse a su ventana…
¿Sabes por qué digo todo esto, Aliocha? Porque me duele la cabeza y estoy triste.

—Tienes un aspecto extraño —dijo el novicio, inquieto—. Tu estado no es el normal.

—Por cierto —dijo Iván como si no hubiera oído a su hermano—, que un búlgaro me ha contado hace poco en Moscú las atrocidades que los turcos y los cherqueses cometen en su país. Temiendo un levantamiento general de los eslavos, incendian, estrangulan, violan a las mujeres y a los niños. Clavan a los prisioneros por las orejas en las empalizadas y así los tienen toda la noche. A la mañana siguiente los cuelgan. A veces, se compara la crueldad del hombre con la de las fieras, y esto es injuriar a las fieras. Porque las fieras no alcanzan nunca el refinamiento de los hombres. El tigre se limita a destrozar a su presa y a devorarla. Nunca se le ocurriría clavar a las personas por las orejas, aunque pudiera hacerlo. Los turcos torturan a los niños con sádica satisfacción; los arrancan del regazo materno y los arrojan al aire para recibirlos en las puntas de sus bayonetas, a la vista de las madres, cuya presencia se considera como el principal atractivo del espectáculo. He aquí otra escena que me horrorizó: un niño de pecho en brazos de su temblorosa madre y, en torno de ambos, los turcos. A éstos se les ocurre una broma. Empiezan a hacer carantoñas al bebé hasta que consiguen hacerle reír. Entonces uno de los soldados le encañona de cerca con su revólver. El niño intenta coger el «juguete» con sus manitas, y, en este momento, el refinado bromista aprieta el gatillo y le destroza la cabeza. Dicen que los turcos aman los placeres.

—¿Para qué hablar de eso, hermano?

—Mi opinión es que si el diablo no existe, si ha sido creado por el hombre, éste lo ha hecho a su imagen y semejanza.

—¿Como a Dios?

—¡Qué bien sabes «devolver las palabras»!, como dice Polonio en Hamlet —dijo Iván riendo—. Te has aprovechado de las mías. Ciertamente, tu Dios es bello, aunque el hombre lo haya hecho a su imagen y semejanza. Me has preguntado hace un momento por qué hablo de estas cosas. Te lo diré: me encanta coleccionar hechos y anécdotas. Los recojo en los periódicos, anoto lo que otros cuentan, y tengo una bonita colección. Naturalmente, los turcos no faltan en ella, y tampoco otros extranjeros, pero he anotado también casos nacionales que superan a todos. En Rusia, el garrote y el látigo ocupan un puesto de honor. No clavamos a las personas por las orejas, desde luego, porque somos europeos, pero tenemos la experiencia de azotar: en esto nadie nos aventaja. En el extranjero estos sistemas de castigo han desaparecido casi por completo a consecuencia de una mejora en las costumbres, o porque las leyes naturales impiden a un hombre azotar a su prójimo. En cambio, existe en ciertos paises un hábito tan peculiar, que aunque se ha implantado también aquí, es impropio de Rusia, especialmente después del movimiento religioso que se ha producido en la alta sociedad.
Poseo un interesante folleto traducido del francés, en el que se refiere la ejecución, realizada en Ginebra hace cinco años, de un asesino llamado Ricardo, que se convirtió al cristianismo antes de morir. Tenía entonces veinticuatro años y era un hijo natural al que, cuando tenía seis años, habían entregado sus padres a unos pastores suizos, que lo criaron con vistas a la explotación. El niño creció como un salvaje, sin estudiar ni aprender nada. Cuando tenía siete años lo enviaron a apacentar el ganado bajo el frío y la humedad, medio desnudo y hambriento. Sus protectores no experimentaban ningún remordimiento por tratarlo así. Por el contrario, creían ejercer un derecho, ya que les habían dado a Ricardo como quien da un objeto. Ni siquiera consideraban un deber alimentarlo. El mismo Ricardo declaró que de buena gana se habría comido entonces el amasijo que daban a los cerdos para engordarlos, lo mismo que el hijo pródigo del Evangelio, pero que no lo podía hacer porque se lo tenían prohibido y le pegaban si se atrevía a robar la comida de los animales. Así pasó su infancia y su juventud, y cuando fue hombre se dedicó al robo. Este salvaje se ganaba la vida en Ginebra como jornalero, se bebía el jornal, vivía como un monstruo y acabó por asesinar a un viejo para desvalijarlo. Lo detuvieron, lo juzgaron y lo condenaron a muerte. En Ginebra no se andan con sentimentalismos. En la prisión se ve en seguida rodeado de pastores protestantes, miembros de asociaciones religiosas y damas de patronatos. Entonces aprende a leer y escribir, le explican el Evangelio y, a fuerza de adoctrinarlo y catequizarlo, acaban por conseguir que confiese solemnemente su crimen. Dirigió al tribunal una carta en la que decía que era un monstruo, pero que el Señor se había, dignado iluminarlo y enviarle su gracia. Toda Ginebra se conmovió, toda la Ginebra filantrópica y santurrona. Todo lo que había de noble y recto en la capital acudió a la prisión. Lo abrazaban, lo estrujaban.
—Eres nuestro hermano. Dios te ha concedido la gracia.
Ricardo llora, enternecido.
—Sí, Dios me ha iluminado. En mi infancia y en mi juventud deseaba la comida de los cerdos. Ahora se me ha otorgado la gracia y muero en el Señor.
—Sí, Ricardo: has derramado sangre y debes morir. No es tuya la culpa si ignorabas la existencia de Dios cuando robabas la comida de los cerdos y te pegaban por obrar así (sin embargo, no procedías bien, pues está prohibido robar); pero has derramado sangre y debes morir.
Llega el último día. Ricardo, abatido, llora y no cesa de repetir:
—Hoy es el día más hermoso de mi vida, pues me voy al lado de Dios.
—¡Sí —exclaman los religiosos y las damas de los patronatos—, es el día más bello de tu vida, pues vas a reunirte con Dios!
La multitud se dirige al patíbulo, siguiendo al carro que transporta a Ricardo ignominiosamente. Todos llegan al lugar del suplicio.
—¡Muere, hermano! —gritan a Ricardo—. ¡Muere en el Señor! ¡Su gracia está contigo!
Y Ricardo sube al patíbulo entre besos. Lo tienden y cae su cabeza en nombre de la gracia divina.
Es un suceso típico. Los luteranos de la alta sociedad han traducido el folleto al ruso y lo distribuyen como suplemento gratuito para instruir al pueblo.
La aventura de Ricardo es interesante como rasgo nacional. En Rusia resultaría absurdo decapitar a un hermano por la única razón de que se ha convertido en uno de los nuestros, al haberle concedido el Señor la gracia, pero tenemos también nuestras cosas. En nuestro país, torturar golpeando constituye una tradición histórica, un placer que puede satisfacerse en el acto. Nekrasov nos habla en uno de sus poemas de un mujik que fustiga a su caballo en los ojos. Todos hemos visto esto, pues es una costumbre muy rusa. El poeta nos describe un caballo que tira de un carro cargado excesivamente y que se ha atascado, sin que el animal pueda sacarlo del atolladero. El mujik lo azota con encarnizamiento, sin darse cuenta de lo que hace, prodigando los latigazos en una especie de embriaguez. “Aunque no puedas tirar, tirarás. Muérete, pero tira.” El indefenso animal se debate desesperadamente, mientras su dueño fustiga sus dos ojos, de los que brotan las lágrimas. Al fin, logra salir del atolladero y avanza tembloroso, sin aliento, con paso vacilante, lamentable, premioso. En el poema de Nekrasov esto resulta verdaderamente horrible. Sin embargo, se trata solamente de un caballo, y ¿acaso Dios no ha creado a los caballos para que se les fustigue? Así piensan los que nos han legado el knut.
Sin em— bargo, también se puede fustigar a las personas. He aquí un caso: cierto señor culto y su esposa se deleitan azotando a una hija suya que sólo tiene siete años. Al papá le complace que el garrote tenga espinas. “Así le hará más daño”, dice. Hay personas que se enardecen hasta el sadismo a medida que van dando golpes. Pegaban a la niña durante un minuto y seguían pegándole durante dos, durante cinco, durante diez, cada vez más fuerte. Al fin, la niña, agotadas sus fuerzas, con voz sofocada, grita: “¡Clemencia, papá! ¡Clemencia, papaíto!” El suceso se convierte en escándalo público y llega a los tribunales de justicia. Los padres entregan el asunto a un abogado, a esas “conciencias que se alquilan”. El letrado defiende a su cliente.
—El asunto no puede estar más claro. Es una escena de familia como tantas otras que se ven a diario. Un padre que azota a una hija. Es vergonzoso perseguir a un hombre por obrar así.
El jurado acepta la tesis del defensor. Se retira y emite un veredicto negativo. El público se alegra al ver que dejan en libertad a semejante verdugo. Yo no presencié el juicio. De haber estado allí, habría propuesto hacer una recolecta en honor de aquel buen padre de familia…
Es un hermoso cuadro. Sin embargo, Aliocha, puedo ofrecerte otros mejores, también relacionados con los niños rusos. He aquí uno de ellos. Se refiere a una niñita de cinco años a la que sus padres detestan, sus padres, que son “honorables funcionarios instruidos y bien educados”. Hay muchas personas mayores que se complacen en torturar a los niños, pero sólo a los niños. Con los adultos, tales individuos se muestran cariñosos y amables, como europeos cultos y humanitarios, pero experimentan un placer especial en hacer sufrir a los niños: es su modo de amarlos. La confianza angelical de estas indefensas criaturas seduce a las personas crueles. Estas personas no saben adónde ir ni a quién dirigirse, y ello excita sus malos instintos. Todos los hombres llevan un demonio en su interior, hijo de un carácter colérico, del sadismo, de un desencadenamiento de pasiones innobles, de enfermedades contraídas en un régimen de libertinaje, de la gota, del mal funcionamiento del hígado… Pues bien, aquellos cultos padres desahogaban de varios modos su crueldad sobre la pobre criatura. La azotaban, la golpeaban sin motivo. Su cuerpo estaba lleno de cardenales. Y aún extremaron más su crueldad: en las noches glaciales de invierno, encerraban a la niña en el retrete, con el pretexto de que no pedía a tiempo que se la sacara de la cama para llevarla allí, sin hacerse cargo de que una niña de esta edad que está profundamente dormida, nunca puede pedir estas cosas a tiempo. Le embadurnaban la cara con sus excrementos y su misma madre la obligaba a que se los comiera. Y esta madre dormía tranquilamente, sin conmoverse ante los gritos de la pobre niña encerrada en un lugar tan repugnante. ¿Te imaginas a esa infeliz criatura, a merced del frio y la oscuridad, sin saber lo que le ocurre, golpeándose con los puños el pecho anhelante, derramando inocentes lágrimas y pidiendo a Dios que la socorra? ¿Comprendes este absurdo? ¿Puede tener todo esto algún fin? Contéstame, hermano; respóndeme, piadoso novicio.
Se dice que todo esto es indispensable para que en la mente del hombre se establezca la distinción entre el bien y el mal. ¿Pero para qué queremos esta distinción diabólica pagada a tan alto precio? Toda la sabiduría del mundo es insuficiente para pagar las lágrimas de los niños. No hablo de los dolores morales de los adultos, porque los adultos han saboreado el fruto prohibido. ¡Que el diablo se los lleve! ¡Pero los niños…! Veo en tu cara que te estoy hiriendo, Aliocha. ¿Quieres que me calle?

—No, yo también quiero sufrir. Continúa.

—Te voy a presentar otro cuadro típico. Lo he leído en los «Archivos Rusos» o en «La Antigüedad Rusa»: no puédo precisar en cuál de estas dos revistas. Fue en la época más triste de la esclavitud, en los comienzos del siglo diecinueve. ¡Viva el zar liberador !. Un antiguo general, rico terrateniente que tenía poderosas relaciones, vivía en uno de sus dominios, que contaba con dos mil almas. Era uno de esos hombres (a decir verdad, ya poco numerosos en aquel tiempo) que, una vez retirados del servicio, creían tener derecho a disponer de la vida y la muerte de sus siervos. Siempre malhumorado, trataba con altivo desdén a sus humildes vecinos, considerándolos como parásitos o bufones a su servicio. Tenía un centenar de monteros, todos uniformados, y varios cientos de lebreles. Un día, el hijo de una de sus siervas, un niño de ocho años, que se entretenía tirando piedras, hirió en la pata a uno de sus lebreles favoritos. Al ver que el perro cojeaba, el general inquirió el motivo y se le explicó todo, señalándole al culpable. Inmediatamente, el general ordenó que encerraran al niño, al que arrancaron de los brazos de su madre y que pasó la noche en el calabozo. Al día siguiente, al amanecer, se pone su uniforme de gala, monta a caballo y se va de caza, rodeado de sus parásitos, monteros y lebreles. Se reúne a toda la servidumbre para dar un ejemplo y se conduce al lugar de la reunión al chiquillo con su madre. Era una mañana de otoño, brumosa y fría, excelente para la caza. El general ordena que se desnude completamente al niño, lo que se hace al punto. El chico tiembla, muerto de miedo, sin atreverse a pronunciar palabra.
—¡Hacedlo correr! —ordena el general.
—¡Hala! ¡Corre! —le dicen los monteros.
El niño echa a correr.
El general profiere el grito con que acostumbra lanzar a la jauría en pos de las presas, y los perros se arrojan sobre el niño y lo destrozan ante los ojos de su madre.
Al parecer, el general fue sometido a vigilancia. ¿Qué crees tú que merecía? ¿Se le debía fusilar? Habla, Aliocha.

—Si —respondió Aliocha a media voz, pálido, con una sonrisa crispada.

—¡Bravo! —exclamó Iván, encantado—. Cuando tú lo dices… ¡Ah, el asceta! En tu corazón hay un diablillo, Aliocha Karamazov.

—He dicho una tontería, pero…

—Sí, pero… Has de saber, novicio, que las tonterías son indispensables en el mundo, que está fundado sobre ellas. Si no se hicieran tonterías, no pasaría nada aquí abajo. Cada cual sabe lo suyo.

—¿Qué sabes tú?

—No comprendo nada de lo que te he dicho —dijo Iván como soñando—. Y no quiero comprender nada: me atengo a los hechos. Si los analizo, los transformo.

—¿Por qué me atormentas? —se lamentó Aliocha—. ¿Quieres decírmelo de una vez?

—Sí, te lo voy a decir. Te quiero demasiado para abandonarte en manos del starets Zósimo.

Iván se detuvo. En su semblante había aparecido de pronto una sombra de tristeza.

—Oye, Aliocha: me he limitado a hablar de los niños para ser más claro. No he hablado de las lágrimas humanas que saturan la tierra, para ser más breve. Confieso humildemente que no comprendo la razón de este estado de cosas. La culpa es sólo de los hombres. Se les dio el paraíso y codiciaron la libertad, aun sabiendo que serían desgraciados. Por lo tanto, no merecen piedad alguna. Mi pobre mente terrenal me permite comprender solamente que el dolor existe, que no hay culpables, que todo se encadena, que todo pasa y se equilibra. Éstas son las pataratas de Euclides, y yo no puedo vivir apoyándome en ellas. ¿En qué me puede satisfacer todo esto? Lo que necesito es una compensación; de lo contrario, desapareceré. Y no una compensación en cualquier parte, en el infinito, sino aquí abajo, una compensación que yo pueda ver.
Yo he creído, y quiero ser testigo del resultado, y si entonces ya he muerto, que me resuciten. Sería muy triste que todo ocurriese sin que yo lo percibiera. No quiero que mi cuerpo, con sus sufrimientos y sus faltas, sirva tan sólo para contribuir a la armonía futura en beneficio de no sé quién. Quiero ver con mis propios ojos a la cierva durmiendo junto al león, a la víctima besando a su verdugo. Sobre este deseo reposan todas las religiones, y yo tengo fe. Quiero estar presente cuando todos se enteren del porqué de las cosas. ¿Pero qué papel tienen en todo esto los niños? No puedo resolver esta cuestión. Todos han de contribuir con su sufrimiento a la armonía eterna, ¿pero por qué han de participar en ello los niños? No se comprende por qué también ellos han de padecer para cooperar al logro de esa armonía, por qué han de servir de material para prepararla. Comprendo la solidaridad entre el pecado y el castigo, pero ésta no puede aplicarse a un niño inocente. Que éste sea culpable de las faltas de sus padres es una cuestión que no pertenece a nuestro mundo y que yo no comprendo. El malintencionado afirmará que los niños irán creciendo y llegarán a la edad de los pecados, pero el chiquillo que murió destrozado por los perros no tuvo tiempo de crecer…
No estoy blasfemando, Aliocha. Comprendo cómo se estremecerá el universo cuando el cielo y la tierra se unan en un grito de alegría, cuando todo lo que vive o haya vivido exclame: « ¡Tienes razón, Señor! ¡Se nos han revelado tus caminos!»; cuando el verdugo, la madre y el niño se abracen y digan con lágrimas en los ojos: «¡Tienes razón, Señor!» Sin duda, entonces se hará la luz y todo se explicará. Lo malo es que yo no puedo admitir semejante solución. Y procedo en consecuencia durante mi estancia en este mundo.
Créeme, Aliocha: acaso viva hasta ese momento o resucite entonces, tal vez grite con todos los demás, cuando la madre abrace al verdugo de su hijo: «¡Tienes razón, Señor!», pero lo haré contra mi voluntad. Ahora que puedo, me niego a aceptar esta armonía superior. Opino que vale menos que una lágrima de niño, una lágrima de esa pobre criatura que se golpeaba el pecho y rogaba a Dios en su rincón infecto. Sí, esa armonía vale menos que estas lágrimas que no se han pagado. Mientras sea así, no se puede hablar de armonía. Borrar esas lágrimas es imposible. «Los verdugos padecerán en el infierno», me dirás. ¿Pero qué valor puede tener este castigo, cuando los niños han tenido también su infierno? Por otra parte, ¿qué armonía es esa que requiere el infierno? Yo deseo el perdón, el beso universal, la supresión del dolor.
Y si el tormento de los niños ha de contribuir al conjunto de los dolores necesarios para la adquisición de la verdad, afirmo con plena convicción que tal verdad no vale un precio tan alto. No quiero que la madre perdone al verdugo: no tiene derecho a hacerlo. Le puede perdonar su dolor de madre, pero no el de su hijo, despedazado por los perros. Aunque su hijo concediera el perdón, ella no tiene derecho a concederlo. Y si el derecho de perdonar no existe, ¿adónde va a parar la armonía eterna? ¿Hay en el mundo algún ser que tenga tal derecho? Mi amor a la humanidad me impide desear esa armonía. Prefiero conservar mis dolores y mi indignación no rescatados, ¡aunque me equivoque! Además, se ha enrarecido la armonía eterna. Cuesta demasiado la entrada. Prefiero devolver la mía. Como hombre honrado, estoy dispuesto a devolverla inmediatamente. Ésta es mi posición. No niego la existencia de Dios, pero, con todo respeto, le devuelvo la entrada.

—Eso es rebelarse —dijo Aliocha con suave acento y la cabeza baja.

—¿Rebelarse? Habría preferido no oírte pronunciar esa palabra. ¿Acaso se puede vivir en rebeldía? Y yo quiero vivir. Respóndeme con franqueza. Si los destinos de la humanidad estuviesen en tus manos, y para hacer definitivamente feliz al hombre, para procurarle al fin la paz y la tranquilidad, fuese necesario torturar a un ser, a uno solo, a esa niña que se golpeaba el pecho con el puñito, a fin de fundar sobre sus lágrimas la felicidad futura, ¿te prestarías a ello? Responde sinceramente.

—No, no me prestaría.

—Eso significa que no admites que los hombres acepten la felicidad pagada con la sangre de un pequeño mártir.

—Efectivamente, hermano mío, yo no estoy de acuerdo con eso —dijo Aliocha con ojos brillantes—. Antes has preguntado si hay en el mundo un solo ser que tenga el derecho de perdonar. Pues sí, ese ser existe. Él puede perdonarlo todo y puede perdonar a todos, pues ha vertido su sangre inocente por todos y para todos. Te has olvidado de Él, es Ése al que se grita: «¡Tienes razón, Señor! ¡Tus caminos se nos han revelado!»

—¡Ah, sí! El único libre de pecado, el que ha vertido su sangre… No, no lo había olvidado. Es más, me sorprendía que no lo hubieras sacado ya a relucir, pues vosotros soléis empezar vuestras discusiones mencionándolo…

(sigue luego el poema del Gran Inquisidor)

Baba Katia

De un librito de Tatiana Góricheva (Hijas de Job) que compré hoy:

[...] A medida que transcurría el servicio divino, el gozo me inundaba, a mí, que me había hecho cristiana apenas cinco minutos antes. Acababa de convertirme y me sentía en el séptimo cielo. Y súbitamente, al llegar al pasaje en el que el coro canta: «Bienaventurados los que lloran», recordé cómo, en mi infancia, mis amigos y yo habíamos maltratado y nos habíamos burlado de una extraña vieja que vivía en nuestro mismo patio.La llamábamos Baba Katia, «la vieja Katia». Se pasaba el día rezando y su cuarto estaba lleno de iconos. Recuerdo que estaba muy enferma. No tenia parientes. Era una anciana que vivía sola. Por alguna extraña razón de nuestra infantil crueldad, la habíamos convertido en objeto de nuestras burlas comunes. Arrojábamos basura a su ventana y la atemorizábamos, metíamos en su buzón misivas con toda clase de indecencias. Baba Katia, la pequeña anciana, lo soportaba todo con paciencia. Sólo una vez, cuando me reí del Dios «del icono», me miró severamente y me dijo: «De Dios no puedes reírte, porque no sabes lo que será de ti en la vida

No di, por supuesto, ninguna importancia a sus palabras, pero la mirada de aquella mujer enferma, atormentada en su cuerpo y en su espíritu, se grabó en mi memoria, tal era la fuerza y la firmeza que brillaba en ella.

Aquellas burlas ya olvidadas y aquella crueldad infantil surgieron ahora de pronto, veinte años más tarde, y rompí a llorar. También de estas y otras muchas lágrimas nació lo que entre nosotras llamábamos «movimiento feminista”. Nació la compasión.

Actualmente, tras la entrada de miles y miles de neoconversos en el cristianismo, la Iglesia se ha llenado de personas totalmente nuevas. Cada una de ellas ha sido encontrada por Dios. A menudo han sido encontradas «sin ayuda ajena», por caminos enteramente singulares, mediante una conversión súbita. Visto desde fuera, podría dar la impresión de que nuestra Iglesia se compone de millones de personas solitarias. Pero no es así. Todos nosotros hemos crecido en una época y en un mundo en el que se pretendió arrancar de raíz el cristianismo. Pero no lo han conseguido. Y aunque nuestras abuelas rezaban enteramente a escondidas y bajo las sábanas y acudían absolutamente solas a la iglesia, nosotros, los incrédulos, los no bautizados, teníamos que sentir por fuerza aquellas oraciones, aquellos suspiros ahogados. Esta es la razón de que en la Iglesia no estemos solos, aunque no nos conozcamos entre nosotros. La oración de los mártires, las oraciones de los cristianos ocultos no han sido estériles.

Leído en Esperando Nacer

Ética y política. Ensayos escogidos II

El libro se compone de una selección de ensayos del renombrado filósofo y profesor de la Universidad de Notre Dame, que fueron escritos entre 1985 y 1999 y algunos de ellos tomados a su vez de lecciones que había dictado en años anteriores en otras Universidades. Vienen agrupados en tres Secciones, dedicadas respectivamente a la interpretación ética de Aristóteles y Tomás de Aquino, a los dilemas morales y a ciertas cuestiones ético-políticas. En todos ellos se reconoce al MacIntyre de los anteriores libros, en los cuales media entre posiciones rivales hasta retrotraer el problema controvertido a unos nuevos términos que lo definan en función de prácticas sociales donde se ejercita y aprende la vida moral.

Así, en la primera parte se examinan a propósito de la razón práctica aristotélica las tesis contrapuestas de autores renacentistas (como el veneciano Piccolomini y el florentino Leonardo Bruni) y de contemporáneos (tales como Sarah Broadie y John McDowell): si para los primeros la instrucción pública universitaria resulta decisiva para una educación moral y política conforme con la prudencia, los segundos consideran, en el otro extremo, que solo la habituación práctica capacita para las deliberaciones prudenciales y tomas de decisión. Sobre este trasfondo polémico resalta la interpretación que propone MacIntyre de la praxis aristotélica: además de una capacitación conducida dentro de las prácticas institucionalizadas en la vida social, la razón práctica hace también preciso un discernimiento teórico de los bienes y fines propios de cada actividad.

Una precisión más sobre la índole de estos bienes pretendidos como fines es la que encuentra el autor en la tesis de Santo Tomás de que los bienes particulares han de poderse integrar en el bien común, que es asiento de la doctrina de la ley natural. Con ello el Aquinate hace frente a la práctica política centralista de su tiempo. Al mantener que la ley natural, base de legitimidad para las leyes positivas, implica el reconocimiento de los bienes ciudadanos, al alcance de todo entendimiento que no esté ofuscado, se está ampliando la tesis aristotélica de que es en la coexistencia práctica donde se adquiere la virtud moral.

La segunda parte se propone asignar su lugar adecuado a los dilemas morales, a los que la ética contemporánea ha concedido a veces la preponderancia en el discurso práctico. Para MacIntyre se trata de hechos penúltimos de la vida moral, que aunque reales pueden ser resueltos si los afrontamos desde la perspectiva última del curso recto de la actuación; en otros términos: solo aparece un dilema cuando previamente se ha violado por parte de alguien la rectitud moral, y se lo resuelve cuando se busca restañar esa infracción primera. Abunda así en la línea de Tomás de Aquino, quien sólo admitía una perplejidad per accidens en la conciencia moral, que en ningún caso pueda atribuirse sin más a la conciencia como noma próxima de moralidad.

Un caso notable de dilema moral es cuando con la mentira se podrían evitar ciertos efectos nocivos. La tradición utilitarista lo plantea en los términos de la contribución de la veracidad a la confianza mutua como parte del bienestar social, mientras que para la tradición que parte de Kant la exigencia ética de no mentir se basa en la imposibilidad racional de universalización de la máxima correspondiente. ¿Cómo mediar entre estos dos modos antagónicos de argumentar? Para MacIntyre la clave está en no operar con principios abstractos aislados, sino situar la veracidad dentro del todo orgánico integrado por todas las virtudes y de desarrollar a su vez las virtudes en el seno de las relaciones sustentadas por los sujetos sociales.

La última parte es la más fragmentaria en relación con los temas tratados. Uno de ellos cuestiona la actualidad del proyecto ilustrado, al no darse la práctica institucional correspondiente al sector social “público lector”, que se tradujera en un ámbito de decisiones públicas. Complementario de este ensayo es el que ve en la compartimentación de la sociedad en roles incomunicados la mayor amenaza para la identificación del agente moral, toda vez que este ha de poder preguntarse, más allá de los estándares convencionales, por la pertinencia o no de unos comportamientos que ante todo son sencillamente humanos.

Ethics and Politics: Selected Essays

Autor: Alasdair MacIntyre

Firmado por Urbano Ferrer
Fecha: 10 Junio 2009

Nuevo Inicio. Granada (2008). 358 págs. Traducción: Feliciana Merino Escalera.

http://www.aceprensa.com/articulos/print/2009/jun/10/etica-y-politica-ensayos-escogidos-ii/